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1 de diciembre de 2012

De la risa de un niño

Hubo una vez un niño que corría veloz por las praderas de su pueblo. Con las piernas desnudas y las rodillas cubiertas de heridas de guerra y juegos de niños, el pequeño atravesaba veloz entre los maizales, pisando las cosechas de los vecinos, que jamás se quejaban o le reñían, porque el sonido de su risa retumbaba en las paredes del valle, alegrando sus corazones congelados.
El niño era feliz. La sonrisa que alumbraba su rostro jamás se desvanecía. Reía al caer sobre la hierba mullida, retozando en charcos de barro, e incluso, reía con ganas cuando se estrellaba contra muros de espinos al tirarse sin frenos con su vieja bicicleta.
La vida del niño se reducía a esos momentos. Felices. Únicos, e irrepetibles.

Un día, el valle amaneció en silencio. La niebla cubría la copa de los pinos, el maíz crecía en silencio, los cultivos ya no tenían pisadas de pequeños pies.
El niño había crecido, y como suele suceder... ya no encontraba motivos para reír.

9 de noviembre de 2012

El Lamento de la Loba


Sentía el lento transcurrir de las horas. En el firmamento millones de estrellas se cernían sobre mí y no había nadie allí para rescatarme, para ayudarme… para alentarme.
Era una noche fría y sucia. No podía verse la luna, aunque se presentía en lo alto de aquella cúpula oscura que caía como negro manto sobre un mundo triste y vacío. El aullido de una loba rasgaba el sepulcral silencio del bosque.
No tenía miedo, mas algo en mi interior suplicaba clemencia. Era aquel mi destino, lo sabía desde siempre. Y el destino siempre ha de verse cumplido. Obviar los sabios caminos marcados con fuego sería arduo y peligroso. Sentía bajo mis pies el errático girar del mundo sobre sí mismo. El vértigo me obligó a entrecerrar los ojos. Desde lo alto de la montaña pude acariciar el cielo nocturno y susurrarle mis secretos a una estrella. Ella los guardará con celo; ha prometido hacerlo.
Cerrando los ojos por completo intenté respirar el frescor de la naturaleza muerta. Una súbita sensación de desamparo hizo mella en mi ser mientras un retortijón me incomodaba cruelmente. Un malestar general se apoderó de mi cuerpo, agarrotándome los músculos. Se acercaba la hora.
Nubarrones color azabache volaban desde el oeste. Se aclaraba el cielo de la noche y la triste palidez de la luna despierta lo cubría todo. Sombras, miedos y pesadillas brillaban en el horizonte. El ulular de varias lechuzas a lo lejos, en las profundidades del bosque, resultaba inquietante. La loba me observaba desde abajo, solitaria en la distancia. Sonreía con maldad. Dos murciélagos enamorados volaban sobre mi cabeza. No tenía miedo, solo un intenso malestar y una débil sensación de desamparo, que crecía como la noche.
Una sirena me llamaba en la lejanía. El eco de la noche magnificaba su estridente alarido. Me sentía morir y por primera vez, el peso del miedo cayó sobre mí. Me avergüenza haber sucumbido al miedo, pues no había nada que temer. Mi destino se acercaba.
Miedo.
La loba se asustó y con sigilo, se internó en el bosque. Ya no sonreía. Las lechuzas se callaron, desaparecieron los murciélagos. Una suave brisa se alzaba desde el sur acariciando mi rostro. Respiré llenando mis pulmones de la pureza de un viento virgen y puro.
Ella se acercó por detrás, con sigilo, rodeando con sus cálidos brazos mi cintura trémula. Estando ella conmigo nada horrible podía suceder.
El miedo crecía, como crecía también el lamento de la sirena al acercarse vigorosa. Aunque ella intentaba ocultarme sus lágrimas, su corazón sangraba con desesperación. Aunque quería parecer fuerte sus piernas flaqueaban. Contemplé su mirada dulce, acariciando su piel tenue. La besé; un último beso fugaz, sensible. Apasionado.
El automóvil se detuvo detrás de nosotros, el silencio se impuso cuando apagaron la sirena. Dos hombres perfectamente uniformados descendieron con paso decidido del coche. No me resistí porque no temía lo que estaba por llegar. Entré al coche por mi propio pie, sin mediar palabra. En el borde del bosque sombrío la loba contemplaba inmóvil la escena.
Ella lloró desconsolada, contemplando con impotencia el descender del automóvil por la ladera de la montaña. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas en la fría y dura piedra, haciéndose varias heridas que comenzaron a sangrar. Acariciaba sus labios tratando de sellar en ellos el sabor de mi boca. Se clavaba las afiladas uñas en las mejillas, haciéndose sangre. Lloraba. Sabía que el llanto, en ocasiones, curaba las heridas más profundas.

Piedra fría y duro acero se cernían sobre mí. Hierro en los puños, en los pies y en los ojos. No era horrible, tampoco placentero. El viaje había sido confortable. Ellos no hablaban, yo tampoco. No tiene sentido hablar cuando nada hay que decir.
Sentado en el suelo escuchaba la huida del miedo. Él sí que había llorado, golpeando con sus puños las rejas. Él sí suplicaba clemencia. Trataba de eludir su destino, que es el mío. No obtuvo respuesta; no obtuvo nada. No se lo he permitido. Aún cuando la presión y el agobio hicieron presa de mí mantuve la compostura, el silencio. No lloré porque mis ojos estaban secos. No sentí porque mi alma se había vaciado antes de entrar allí. Existían más muros que me separan de este mundo aparte de las paredes y el acero. Mi humanidad me abandonó cuando cometí mi pecado.
La celda era fría, la manta olía a muerte y a oscuridad, a podredumbre. Una humedad fría calaba los huesos doloridos. No lograba conciliar el sueño. No me extrañaba pero tampoco me resultaba molesto. Quería dormir y lo necesitaba. Lo intentaba.
Pero la celda era demasiado fría.
Como fría era la piedra donde, bajo la luna muerta, ella no había dejado de llorar. La loba se acercó, pero ella no se asustó, sabía que aquella loba ningún daño le haría. A su lado el animal aullaba cantando al viento sus penas. Ella no detuvo su llanto amargo. Dos lobas heridas en lo más profundo del corazón, los dos lamentos de las lobas se entrecruzaron en la noche. La alegría abandonó el lugar.

La pesada losa del futuro incierto amanecía sobre mi cuerpo desnudo. La noche formaba parte de un extraño sueño. ¿Había tenido una vida más allá de este lugar de acero y piedra? ¿Había conocido alguna vez la libertad? Mis preguntas no obtuvieron respuesta. Abrí los ojos. Agua templada cayó sobre mi cabello, acariciando mis manos, recorriendo los senderos de mis abdominales definidos, deteniéndose en cada rincón de mi sexo flácido y muerto. Otros hombres me observaban con lascivia. Algunos de ellos esbozando pícaras sonrisas bajo sus miradas ardientes. No me asusté, no había nada que temer. Estaba preparado.
Uno de ellos se acercó. Era atractivo. Estaba desnudo pero su sexo, a diferencia del mío, no parecía muerto. Me ofreció cortésmente su ayuda mientras tomaba entre sus manos una esponja seca. Cortésmente le rechacé y el volvió a mirarme, sentándose luego. No dejó de contemplar mi cuerpo. Podría haberme sentido incómodo pero esas banalidades no me preocupaban en absoluto.
La pesada losa del futuro apremia.

El juez escuchó mis razones, atento. Una mujer me observaba en la soledad de la sala. No era ella, porque ella permanecía dormida sobre la fría piedra en la ladera de la montaña. Un hilo de saliva caía sobre su pecho. La loba lamía su rostro húmedo de rocío y lágrimas.
El juez emitió su cruel veredicto. Sonreí.
Sobre la piedra desnuda el sol acariciaba su rostro, mas ella no despertó. Sus ojos permanecieron cerrados, sus labios fríos, su rostro contraído por el dolor. Yo en la soledad de una celda, ella en la soledad de la fría muerte. Tan injusto como poético.
Pienso.
Muchos años permaneceré en mi celda fría. Su esqueleto se lo llevará el viento mientras el mío se pudrirá en esta celda. Su cuerpo será presa de las aves carroñeras mientras el mío será contemplado por hombres esclavos de un hambre que no pueden saciar. Algún día lograrán su objetivo y probarán con ansia mi carne trémula.
En la quietud del bosque la loba ha muerto de pena y una lechuza de plumas blancas llora su pérdida. El ave fénix canturreaba en los mitos mientras lloraba la lechuza. Sobre la fría piedra los carroñeros devoraron los cuerpos femeninos. Rasgando la carne, saboreando los huesos, derramando su sangre. Las horas pasan, los días corren… El impasible correr del tiempo.

Diez años no son nada comparados con los milenios de historia de este mundo. Han sido largos y difíciles para mí. De nuevo la brisa, de nuevo el sol, la palidez de la luna, el olor de la naturaleza. De nuevo el susurro del viento, los cantos de las lechuzas, el vuelo de los murciélagos.
Ya nunca más se escuchará en la brisa de la noche el lamento de la loba, ya nunca recuperaré la caricia de la mujer.
En lo alto de la montaña me aguarda fría e impenetrable la piedra. Desde allí, con el valor en una mano y el miedo en la otra, contemplaré el atardecer teñido de rojo, como la sangre derramada allí por la pena del amor perdido.
El destino se ha cumplido.
Siento las horas pasar. En el firmamento las estrellas se ciernen sobre mí. Sin temor ni desamparo, tan solo el trágico camino de la inquieta soledad, el silencio respetuoso por la ausencia del lamento de la loba.

*Relato escrito en el año 2008...

3 de junio de 2012

El Rey Cautivo

Vive el rey cautivo en una oscura torre, ubicada en el centro mismo de un paraje yermo y tenebroso. Árboles muertos le acompañan, mientras buitres y cuervos ansían su pronta muerte para alimentarse de su carne real, beber su sangre azul, y coronarse, ellos mismos, reyes de los cielos allí donde tan solo se divisan las llanuras del infierno. Trepan las zarzas para colarse por la ventana. Corona el espino la torre. Mullidos campos de venenosas fresas se extienden sobre la tierra negra y el mundo vacío.
Solo está el rey, muy solo, en lo alto de su torre.
Y desde lo alto, cautivo, contempla el mundo que lo rodea sin comprender, sin saber, sin conocer... que no es la torre su prisión, que la puerta está abierta, y que bajo el veneno, el espino y la zarza, tras el buitre y el cuervo, y bajo los infiernos que una bruja hechizara para él, el mundo sigue en su tiempo, avanzando sin detenerse, olvidándose del pobre y triste rey cautivo, de su propia alma y de su corazón.
No es cautivo el rey de la bruja, sino que es cautivo del propio rey.

14 de mayo de 2012

Lobos y Corderos

Una mañana gris de mayo, con el olor a café recién hecho inundando la cocina y un cuenco de cereales esperándome sobre la mesa, me dispuse a desayunar mientras recordaba un sueño muy extraño que había tenido durante la noche...

En aquel sueño, yo era un águila que sobrevolaba un campo lleno de corderos, corderos de blanca lana y caras entristecidas, que pastaban la hierba verde y tierna con fingida tranquilidad, mientras las nubes comenzaban a encapotar el cielo.
Llegado cierto momento, uno de los corderos más alejados del grupo comenzó a moverse de modo extraño. La lana blanca se derramaba por su cuerpo, su rostro triste crecía y se expandía, el morro sobresaliendo... y las fauces de un lobo asomando. ¡Un lobo con piel de cordero!
Como águila, me importaba poco el fatal destino de aquellos lindos corderitos, a merced de la violencia del cazador. Sin embargo, descendí mi vuelo para acercarme más y poder ver mejor lo que allí acontecía. Los corderos permanecían tranquilos, ajenos al lobo que había aparecido de la nada...
De pronto, todos los corderos comenzaron a temblar, y el mullido campo de lana comenzó a derramarse sobre la hierba, y allí donde antes había un montón de corderos, no quedaron más que una manada de lobos hambrientos, que se miraban los unos a los otros confusos.
Abrian sus fauces, mostraban sus afiladas dentaduras, y pronto comenzaron a luchar entre ellos.
Entonces, caí al suelo, sin posibilidad de volar... porque ya no era un águila, sino un cordero, uno de verdad, cuya lana no se desprendía y cuyos dientes no eran afilados ni letales... Comencé a temblar, sabiéndome condenado entre aquel montón de lobos... pero ninguno parecía darse cuenta del corderito caído del cielo que lentamente, se alejaba de sus furiosas y absurdas luchas.
Cuando me desperté, el cordero estaba muy alejado de los lobos, y los lobos comenzaban a devorarse los unos a los otros, estúpidos ellos.

Lobos, lobos con piel de cordero, que no dejan de ser eso, lobos.

22 de febrero de 2012

El perro en la puerta sin perro


Aquella mañana, por alguna extraña y, cuanto menos, absurda razón, un perro se había sentado sobre el felpudo, ante la puerta cerrada de la casa en la que vivía. La puerta era de madera descolorida, tantas veces había sido pintada a requerimiento de quien allí vivía, que era él. Cada semana, cuando no cada día, él llamaba a un pintor del pueblo y exigía con voz pomposa un color nuevo para la madera. A veces pedía un llamativo rojo que contrastaba con la bronceada aldaba, o el rojo de las pasiones, un rojo alegre o un atrevido rojo. Otras veces se decantaba por un negro elegante, que se tornaba en negro fúnebre o negro soledad, según le viniese en gana al ilustre zoquete que tras la puerta pintada mil veces vivía. La última vez que había pintado su puerta, había pedido un verde especial... 

-Quiero una puerta verde -había dicho-. Pero no un verde cualquiera. Debería ser el verde esperanza, pero desesperanzado. El verde de la menta fresca cuando ya se ha secado, o el verde de las praderas en las que ya no crece la hierba. Sí, quizás el verde del agua estancada cuando todavía está clara y pura, o el verde de las algas que infestan las playas en las que no hay algas. No se si me explico...
Y el pintor, estupefacto, se rascaba la cabeza con la brocha en una mano y asentía, tonto de él. ya se preocuparía más tarde, al llegar a su almacén, de elegir un verde ni muy oscuro ni muy claro, ni muy alegre ni deprimente, ni verde ni no verde, para pintar la puerta de gris.
Gris perla, que no gris plata, y ni por esas.
De cualquier modo, allí estaba el perro, sentado sobre el viejo y mohoso felpudo, ante la puerta de pintura desconchada. Mil capas de pintura, mil colores diferentes, y la puerta simplemente, parecía sucia. Muy sucia. Como el felpudo.
El perro tenía los ojos tristes, húmedos y bizcos, y con ellos contemplaba ausente la vida que ante la puerta transcurría con normalidad, ajena a la existencia de un triste perro. Su pelaje antaño brillante era ahora seco y quebradizo, del color de la ceniza y de la tierra seca. Las orejas, caídas. El rabo, muerto. De haber tenido moscas revoloteando sobre su cabeza, habría sido un ejemplar de perro muerto. Pero estaba vivo, a pesar de las apariencias.
Cuando él salió a la calle, dispuesto a comenzar su día, por poco no pisa al pobre perro. Y, de haberlo pisado, el perro ni se habría inmutado. digo más, incluso tal vez, habrían mostrado sus ojos una sinfónica alegría al sentir en su cuerpo el tacto de un ser humano.
¡Pobre perro, tan solo, allí abandonado!
Él miró al perro, y de un manotazo trató de ahuyentarlo. Pero el tonto del perro no se movió. Tan solo un pestañeo, breve y conciso, para señalar que sí, había entendido las malas intenciones del hombre pero no, no contaba entre sus planes con moverse del felpudo, mohoso y sucio, aunque cómodo.
El hombre se rascó la cabeza, y cerró la puerta. Se lamentó al ver el gris tan mezquino que el pintor había elegido para su puerta.
-Gris... ¡Gris! -exclamó furioso-. Que alguien me explique en qué se parece este gris tan anodino al verde sin verde que yo necesito. ¡Verde, verde he pedido! ¿Tú lo entiendes, extraño perro?
Y el perro negó lentamente. Quizás porque había entendido la pregunta, o porque algún insecto le molestaba junto a las orejas caídas. Pero negó. Y el hombre se asustó.
"Este perro me entiende. Maldito chucho que ni se mueve. Me entiende".
Llamó el hombre al pintor y, durante cinco minutos y cuarenta y dos segundos exactos, gritó sin parar hasta dejar bien claro que el verde es verde aún sin ser verde, y que en nada se puede relacionar o confundir con el gris.
Más relajado tras tanto grito, el hombre se sentó junto al perro, suspiró, y se abandonó al escaso y pueril placer de contemplar la vida rebosante de las calles.
-Qué cosas tiene la vida, ¿no es cierto, chucho compañero?

Pero a su lado, en el felpudo mohoso ante la puerta de un gris triste y anodino, no había ni hubo nunca, un perro.

29 de diciembre de 2011

El Pequeño Querubín


Historia de la triste Adamae

Adamae me llaman. De mi se ríen, Adamae… de mí… y no saben nada.
Adamae, siempre Adamae…
Lo tuve entre mis brazos y lo perdí. Dejé que se escurriera su fina y dulce piel entre mis manos manchadas y viejas. Dejé que se filtrasen sus llantos en mis oídos. No supe ver lo que acontecía.
Es ya demasiado tarde para derramar tantas lágrimas. Carecen de sentido. Absurdas son…
Los recuerdos son otra cosa… los recuerdos nos persiguen eternamente. A mí me perseguirá su mirada inocente hasta el mismo día en que deje este mundo. Es el alto precio que he de pagar por mi descuido, por mi desgracia.
Soy quien soy por el: Adamae…
Lo he visto nacer de mis inmundas entrañas. Su padre se había marchado meses antes con una fulana de mala vida, vientre desvaído y profundas ojeras. Una mujer de la calle, una mujer cualquiera. No le he visto nunca más ni ganas tengo de verlo. Me repugna su nombre, me repugna percibir tan solo el acre olor que dejaba al caminar, un olor nauseabundo de perfume astillado mezclado con el sudor de las axilas infestadas de maliciosas bacterias e insana podredumbre.
No tuvo el valor de decir adiós. Ni siquiera se dignó a darme una explicación. Me sentí terriblemente sola y abandonada, mi pequeño querubín. Sentí por vez primera el dolor de una pérdida y el yugo de un destino plagado de desdicha. Quise poner fin a mi vida y lo hubiese echo de no ser por ti.
Estaba yo al borde del puente más alto sobre el caudaloso río, allí donde las feroces aguas chocan violentamente contra las afiladas rocas. Miraba el atardecer entre lágrimas y miedo. Miedo pero no dudas, tesoro mío. Aquello era lo que debía hacer, pequeño querubín. Era el término de las desgracias, el punto y final a una vida inmerecida. Supe que mi muerte sería dolorosa pero no lloraba por eso. Lloraba porque mis sueños rotos se entremezclaban con el recuerdo y el dolor de su marcha.
Y entonces lo supe.
Estaba a punto de saltar al vacío acuoso y las rocas afiladas cuando algo apareció en mi mente, un destello, una luz. Era un brillo nuevo, el amanecer en pleno nacimiento de la noche.
Nunca sabré cómo, mi pequeño querubín, supe que tú estabas aquí dentro, en mis entrañas.
Sujetándome con fuerza al borde del abismo me giré. Un hombre me miraba confuso desde el borde opuesto del puente. Se acercó con sigilo, procurando no asustarme. Me tendió una mano ruda y áspera, una cuerda de salvación a la que sujetarme para no caer. Y la acepté. Acepté su ayuda pero no lo hice por mí, querubín, sino por ti.
Saberte en mi interior, creciendo lentamente hasta convertirte en un bebé… darme cuenta allí, al borde mismo de la muerte de que tu destino estaba ligado al mío. Tú hiciste cambiar la perspectiva que tenía yo de la vida y el mundo. Supe desde el primer momento que mirarte a ti sería como mirarle a él, pero era un precio pequeño comparado con el infinito placer de sentirte mío.
Llegaste al mundo un soleado día de abril. Naciste en una pequeña casa de madera situada en las afueras del pueblo. Ahora ese lugar no existe, pequeño querubín. De haberlo conocido te habría gustado, sin duda. Era un lugar acogedor desde el que se escuchaba el claro rumor del río que no hacía más que recordarme la desdicha que había sufrido. Los dolores de parto eran insufribles y todo a mí alrededor se tambaleaba peligrosamente.
Pensé que nunca podría hacerlo, temí morir trayéndote al mundo. Lloraba amargas lágrimas arrepintiéndome incontables veces por mi cobardía. Si hubiese saltado al vacío, si hubiese puesto fin a mi vida no habría padecido más dolor.
Como un  lamento mudo, una muchacha te ayudaba a salir de mí. Tu primer llanto era una clara melodía en mis cansados oídos. Ya no había oscuridad en el horizonte. Ya nadie podría dañarme jamás, pues ahí estabas tú en mis brazos entregándome la imagen más hermosa que una mujer puede contemplar: el fruto de su vientre, el rostro de un hijo.
Pequeño querubín te quise nada más verte. Tus pequeños ojos cerrados, tus diminutas manos arrugadas, tu piel ligeramente enrojecida por el esfuerzo del alumbramiento. Nunca llegué a decidir un nombre querubín, pero si lo hubiese hecho te habría llamado sin duda alguna Lucio, pues significa luz y eso eras para mí: la luz que lo iluminaba todo.
Durante toda aquella mañana te besé mil veces, acariciando tu piel con mis manos entonces jóvenes. Quise cerciorarme de la verdad de tu presencia. Temí que no eras más que un sueño que se desvanecería en cualquier momento. Pero eras tan real como mi propia felicidad. Tu olor era embriagador y apetecible, tierno y no acre como el nauseabundo olor de aquel que te concibió. Me alegré, pues al menos en algo no te parecías a él.
Te di el pecho en las primeras horas y sentí tus labios en mi seno sensible. Aún cuando ya no estabas dentro de mí eras una extensión de mi cuerpo. Te alimenté con los jugos de mis adentros y muy poco a poco creciste fuerte y sano. Tus ojos eran los míos, insondablemente castaños. Los míos eran vulgares, los tuyos divinos. Eran tus mejillas sonrosadas como las de tu borracho padre, pero tus labios eran tal cual los míos. Y tus manos también, con el meñique ligeramente torcido hacia dentro. Y tenías el cabello liso y negro como el mío.
Viendo cómo crecías asemejándote cada vez más a mí, supe que nunca me recordarías a aquel hombre que maldijo mi existencia. Su embrujo resultó hechizo de buena fe pues aunque partió y nunca más supe de él, te dejó antes en mi vientre. Y solo por eso le estaré eternamente agradecida. Aunque sienta hacia su persona un odio imposible de plasmar con palabras y en una hoja en blanco.
Mi pequeño querubín, siempre fuiste adelantado y valiente. Apenas tenías seis meses ya gateabas de un lado a otro, sujetándote a las mesas y las sillas para ponerte en pie y tambaleante, dar tres o cuatro pasos y caer. Pero no lloraste nunca al tropezar. Volvías a intentarlo una y mil veces, como si supieses que eso era la vida: caer y volver a levantarse.
Mis padres nunca aceptaron tu llegada y nunca vieron el angelical rostro de su nieto. Eras hijo del pecado, nacido de una relación insana. Me despojaron de apellidos y hasta de mi nombre, me apartaron de quien era hasta ese momento.
De nuevo sola, pero esta vez contigo. No me dolía perder a mis padres pues nunca mantuve una buena relación con ellos. Ahora que lo pienso tal vez  ha sido mi culpa. Cuántas veces me advirtió mi madre que él no era un buen hombre. Cuántas me dijo mi padre que me harían daño si me comportaba de aquel modo que yo creía moderno y él, atrevido y libertino. De haberles hecho caso nunca hubiese caído en el abismo. Pero de haber sido una niña buena y recta nunca te habría mecido en mis brazos, pequeño querubín. Y de esto solo puedo sacar una conclusión: son nuestros errores los que marcan nuestro destino. Desobedecer a mis padres tal vez ha sido un error, como lo sería sin duda amar a tu padre. Pero de ese error naciste tú, la bendición de mis días oscuros.
Adopté el nombre de Adamae, un nombre que dicen, no existe. Me da igual. Adamae significa madre feliz y yo lo era. Lo era, querubín. Lo era.
Pero también era una mala madre que no supo ver la oscuridad que firmemente acechaba tras cada esquina.

Aquel día brillaba un sol tormentoso. Decían los ancianos vecinos que el calor asfixiante traería lluvia. Y así fue. A media tarde, cuando la intensa esfera roja caía en el horizonte, unas nubes negras descargaron toda su crueldad sobre el pueblo y sobre nosotros.
Cayó la noche mojada y no brilló la luna llena. En la ventana de nuestro dormitorio graznaba un cuervo negro con las alas plegadas. Era el suyo un llanto apagado. Te atraje hacia mí y te arropé. Dormías con un dedo entre los labios y una media sonrisa que me tranquilizaba.
Y me dormí entonces sin saber que aquella noche el destino jugaría de nuevo sus cartas. Dormí sin miedo ni temor y soñé con tu padre. Y me desperté en plena noche y ya no llovía pero tampoco brillaban las estrellas ni la luna. Era una noche oscura. Te besé la frente fría y me levanté para buscar un vaso de agua a tientas pues no había luz y las velas se habían consumido.
Frío… frío que inunda mi corazón.
Era una noche inquieta. Caminé descalza y en puntillas, evitando hacer ruido alguno para no despertarte.
Frío en las venas, sangre helada y veneno.
Entonces, como al borde del puente un año antes, supe lo que había pasado. Corrí a la cama mientras un rayo partía el cielo negro en dos. Te cogí en brazos mientras otro rayo me partía el alma.
Pequeño querubín, con tu cuerpo sin vida entre mis brazos dormí aquella noche, sentada en el suelo. Con tu cuerpo muerto desperté a la mañana siguiente. El cielo lavado y gris me recordaba tu partida. Te pensé mil veces mal nacido, como tu padre. Eras una copia exacta de mí excepto en una cosa: tu destino de dañarme. Como él en su día me dejaste sola y muerta. Tus ojos amoratados, tu piel pálida y fría… y el acre y nauseabundo olor de la muerte…
Lloré durante un día entero mientras la vecina se ocupaba de todo. Te enterramos en una cajita de madera en un lugar olvidado y clavamos allí una cruz de piedra que hace tiempo se quebró. No me recuperaré jamás de tu pérdida, querubín.
Hace poco tiempo apareció él en las calles del pueblo. Desmejorado y vacío, la mujer que me lo arrebató lo había desplumado, decían algunos. Supe que estaba enfermo, moribundo. Dicen que murió aquella noche sin saberlo, la noche en que volaste de mi lado, querubín. Nunca supo que habías nacido, pues nunca supo de tu existencia, pero tu partida de este mundo le arrebató algo que no creía poseer.
Me repuse de tu muerte tiempo después e hice lo que creí correcto. Nunca me planteé acercarme a los abismos y zanjar mi sufrimiento. Y como un yugo muy pesado proclamé a los cuatro vientos mi nombre marchito, Adamae, que con fría paradoja me recordaba la desdicha de mi vida frágil.
Me acusaron de mala madre porque lo soy. Me pintaron de bruja y miserable porque lo soy. De mi han dicho que soy puta, que soy honrada, que soy alegre y triste a la vez. Desde tu partida, pequeño querubín, verdad y mentira se toman de la mano en un baile interminable de piernas suaves y carnes prietas, danza de senos desnudos y brillos, y babeantes hombres que pierden la vergüenza ante ellas, las mujeres jóvenes que les embrujan sin darse cuenta.
El día de tu muerte lo perdí todo. Hasta mi vida. Pues el día de tu muerte la madre feliz murió. Pero nació, fuerte y segura, Adamae.  

*NOTA DEL AUTOR: Este relato resultó finalista en el Certamen de Relato Corto Fergutson en Septiembre de 2009, siendo publicado pocos meses más tarde por esa editorial dentro del recopilatorio "Las Vacaciones del Detective". Este fue el primer boceto del relato, que se puede consultar completo y corregido en dicho volumen. 

22 de diciembre de 2011

El fin del Tiempo

Es extraño si lo piensas, y pensarlo a veces, es lo peor que uno puede hacer.

Hoy he mirado de una extraña forma a las agujas de un reloj imaginario. Un reloj a una torre sujeto, de piedra su cuerpo y vacío su corazón. Su lengua, olvidada y secreta. No se donde se encuentra, mas el río a su vera suena... y es el hogar de un sueño, la fortaleza de una vida y la fuerza de un deseo que escapa a la razón.
He mirado de forma extraña a las agujas de un reloj que marca las horas de una extraña forma. Son extrañas sus agujas de hierro forjado, como extraños los números de su esfera son. Pues son números, indudablemente, y sin duda no lo son.
He contado los minutos, que ni siquiera minutos son, pues no duran lo que debieran... y tampoco deben durar lo que duran. ¡Menuda sinrazón!
Y sin embargo, mirando el reloj de extraña forma y funcionamiento extraño, me he sentido aletargado y seguro, como quien se sabe protegido de cualquier peligro exterior. Pues el reloj extraño de extraña forma, estaba justo al lado de tu extraño corazón. No, ¡qué digo! de tu corazón al que yo extraño.
Eso sí.
Mucho mejor.

¿Por qué he mirado un reloj como ese? Si pudiera precisar los motivos que a tan extraña locura me han llevado... mas no es posible, no puedo lograrlo, ni quiero hacerlo. La vida zozobra bajo mis pies descalzos mientras el reloj marca las horas y su campana me acompaña a ritmo de dulce vals. bailando contigo me siento feliz, mas no eres tú sino tu sombra, y ni siquiera tu sombra, sino tu recuerdo, una quimera, la sombra de la sombra de lo que hubiera podido ser.
¡Qué cosas pienso, cuando pienso en ti!

Una bruja tuerta me ha dicho que ese reloj marca mis horas, o mis horas para contigo, o tus horas junto a mi. No se, yo no lo creo... ¿como podría ser eso verdad, si ya tú estás muy lejos y el reloj no deja de avanzar? Qué locura, la bruja tuerta, en un callejón perdido de esta ciudad de piedra. ¡Qué sabrá ella de las horas de tan maravilloso reloj! Sus entrañas de plata y su alma de oro... y en sus ojos inexistentes el reflejo de tu voz.
¡Qué digo! Un sinsentido... el sinsentido del amor.
Pudieran llamarme loco, y no lo harían, pues me saben enamorado, de un hombre que me es esquivo y que no siente lo que mismo que yo. Y por ello, me compadecen, y se ríen a mis espaldas, porque saben que en mi corazón profundo albergo una esperanza que no atiende a razón alguna. La esperanza de estrecharte una vez más entre mis brazos, antes del fin del tiempo... antes de la última campanada, cuando todo se vuelva oscuro y no exista jamás la luz. Antes de perderme en tu recuerdo, y olvidarme de mi nombre y el tuyo, y de la musicalidad de los dos nombres juntos, y de tus ojos, hermosos ojos, y de tu endiabladamente hermosa voz. Y de tu cuerpo menudo y hermoso, y de tu rostro exquisito...
No te olvido... nunca lo hice, en verdad...
Me llamaron loco por perseguirte en el mundo de los sueños, y no sabían que allí ya fuiste mío.
Allí donde el reloj no marca el paso del tiempo, sino los latidos de nuestros corazones juntos, eternamente... donde el tiempo no tiene principio ni final.
Allí donde se, como también lo se en el mundo de la vida y la realidad, que he sido, soy, y seré por siempre, tuyo. Hasta que el tiempo toque a su fin... y no quede de nosotros más que el absurdo recuerdo de los que ya no están, de lo que no ha sido, y de lo que quién sabe, será.

16 de diciembre de 2011

Témpanos de Hielo

En el mes del frío y la nieve, cuando el mundo parece sobrecogerse ante la mortífera mano del hielo, las temperaturas bajo cero y la lluvia siempre constante, siempre presente... los cielos se tiñen de grises infinitos, de púrpuras dolorosos, de negro... se ocultan las estrellas, se disfrazan de nubes los cielos antes turquesas y limpios. ¡Oh, Diciembre!
En sus manos frías, en sus pies descalzos, quemados por el hielo que ahoga la hierba y destroza las escasas flores... que torna en quebradizos cristales las caídas hojas de un bosque de melancolía otoñal. En cualquier parte, allá donde sus verdes ojos miran, encuentra no más que ausencia, no más que vacío...
Ha caminado un largo trayecto, avanzando contra el viento feroz. Violentas las embestidas de la vida, salvaje el abrazo del dolor y el odio... incandescente la llama de un amor que no ha existido, que se tiñe de mentira, que se vuelve traslúcido y mezquino... ponzoña amarga del corazón dolido, ausente latido del corazón en mil pedazos destrozado... ¿quién querría amarle, si no es nada? ¿Quién querría besar sus labios jamás besados? ¿Quién querría acariciar su piel fría como la misma muerte?
Es dolor y pena, pero también la naciente fortaleza de quien se sabe descubridor de un paraíso nuevo... el paraíso de la auténtica verdad, la realidad ante sus ojos, las lágrimas secas, cayendo al suelo como gotas de cristalino hielo...

Ante él se ha abierto un horizonte desolado y hermoso, donde el suelo se confunde con el cielo, donde todo es igual siendo por ello absolutamente diferente. La superficie por la que camina es deslizante y fría, cristalina bajo los rayos de un sol que ya nada alumbra, que ya no caliente su piel de porcelana. Sobre su cabeza, un millón de témpanos de hielo hacen las veces de cielo e infierno, día y noche, confusa armonía de formas que emiten destellos apagados y fulgores ya muertos.
El poder de la razón sobre la fuerza de un ideal perdido.
El romanticismo sucumbiendo bajo el yugo poderoso de la verdad. Triste, pero necesario.
¿Quién querría un príncipe cuya armadura brillante se tornará herrumbrosa? Cuyo azul desteñirá en gris y negro. Cuya lengua no emita más que mentiras, cuya figura unas veces claras terminará desvirtuándose en la niebla de un diciembre oscuro y ventoso.
Pues si algo ha aprendido de los príncipes, es que ninguno existe. Y siempre, fantasmas deformes y vacíos, se disfrazan con sus ropas y se ciñen su piel, para engañar a aquellos cuyos ojos no pueden ver la maldad, cuyo corazón no acepta la posibilidad del engaño o el abandono... a aquellos que por ser confiados son siempre los más frágiles. Y de ellos se aprovechan, y por ellos se entregan a la aventura de lo imposible, de un rayo de sol, de una simple sonrisa, una sencilla caricia, una mirada de afecto y un beso de amor.
Pero al final, el disfraz se deshace. Se destiñen las ropas, se derrama la sangre... y el fantasma se desvanece como la niebla bajo el cálido sol. Y él, que se había enamorado de un imposible que creyó posible, se derrumba en una espiral de amarguras y temores... Y piensa que no es posible, que los fantasmas no existen... y en un lecho de rosas, ante una cena ya fría a la luz de unas velas tiempo atrás consumidas, espera murmurando en silencio a un amor que nunca llega. Mientras, más allá del umbral de su puerta, el tiempo avanza, los días transcurren sin descanso... el mundo cambia, las tornas cambian... y de pronto es día como al segundo es noche... y sigue contemplando la llama inexistente de una vida que se termina.

En diciembre, cuando el frío apremia y los témpanos de hielo cuelgan de su corazón herido, toma la decisión de encerrarse a cal y canto, de cortar las vías del tren, de ausentarse de un mundo cruel. En diciembre, mientras otros brindas con champán y saborean las fresas y los turrones, desnudos amantes en una cama de lujuria y sentimiento, él se pregunta el por qué de su desdicha.
Y concluye, quizás acertadamente y tal vez por error, que la culpa ha sido siempre suya. Porque él se creyó la leyenda jamás escrita del amor eterno. Porque él confió en la quimera del romance... y por creyente, sufrió.
Y ya no quiere sufrir más. Y por ello...

1 de octubre de 2011

Malvado.

Poison Apple Photograph - Poison Apple Fine Art Print - Holly Shoemaker

Quiero ser malvado. Quiero ser temido. Vestirme con ropas negras, armado con cuchillos de afilada hoja en veneno empapada. Quiero hundirme en la sombra, bañarme en las tinieblas, y beber copas de oscuridad y sangre. 
Quiero alzarme contra el mundo, sentarme en un trono oculto tras un campo de víboras, con asesinos por guardianes a las puertas de mi palacio donde nunca sale el sol, donde siempre llueven las tormentas y caen los rayos partiendo en dos el cielo y haciendo temblar la tierra.
Ansío causar temor, que nadie ose mirarme a los ojos, que el mundo tiemble a mi paso, que titubeen las mujeres y los hombres lloren de auténtico pavor. 
Quiero ser malvado, porque estoy hasta los cojones de ser bueno. 

Hoy quiero, necesito en realidad, que el mundo me deje en paz. Que nadie me hable. Necesito sentirme solo, porque en soledad nadie puede hacerme daño. Necesito el silencio, porque en el silencio no hay palabras falsas  o verdades a medias, o comentarios más afildados que la mismísima guadaña de la maldita muerte.
Hoy quiero besar a la soledad y follarme al silencio. Hoy quiero retozar en una cama de agujas envenenadas, quiero sentirme desgraciado y hundirme en mis propias lágrimas. Quiero ser lo que no soy y abandonar mi vida en pos de no-se-qué. 

Se acabó lo que se daba. Estoy agotado de ser y no ser, de decir y callar, de fingir. Maldito soy por no saber ser. 

He comprado una manzana en la tienda de la esquina. Solo una. La manzana más maravillosa y perfecta que he podido encontrar. Roja, de piel tersa y corazón tierno. Con una aguja la he preñado de las aguas del sueño y los efluvios del falo del demonio. Me he desnudado, y con la piel trémula y la carne flagelada por el dolor del pecado carnal, me tumbaré sobre mi cama y allí morderé la manzana de sangre. 
Solo un caballero podría salvarme de la muerte, con un beso. Pero, ¿quién querría besarme si al hacerlo sus labios beberán mi muerte? ¿Quién querría enamorarse del escritor maldito por la misma vida, perdido en el tiempo, olvidado? 
No. Morderé la manzana pereceré a manos del destino cruel de los que no son más que polvo. 

Estoy cansado de querer. Cansado de no ser querido. Cansado de la burla, de la maldad del mundo, de la soledad, de la vida, del sufrimiento y del mismo olvido, de la realidad y de la fantasía. 

Se acabó lo que se daba. 
Llegó la hora... de partir.

16 de septiembre de 2011

Perfecto

Así soy. Perfecto. 
No me falta nada de lo que quieres. Nada de lo que quieres que tenga. Poseo todo aquello que siempre has anhelado en el hombre de tus sueños. No tengo ninguno de los defectos que temes en el hombre que debe adueñarse de tu corazón. 
Soy el protagonista de tus sueños, tanto de los más tiernos como de los más húmedos y apasionados. En el mundo onírico te he salvado de tus pesadillas, te he llevado a mundos diferentes con solo besar tus labios, rozar tus cabellos, acariciar tu piel con mi cálida mano. 
Si lo piensas, ese soy yo. 
El hombre al que deseas a tu lado para toda tu vida. El hombre al que deseas presentar a tu familia. El padre de tus hipotéticos hijos. El esposo que te cuidará, regalándote rosas, sorprendiéndote con detalles inesperados tan solo porque se siente afortunado de tenerte en la misma medida en que tú sientes la fortuna de poseerme. 
Soy el perfecto caballero que te invita a románticas cenas y largos paseos, a fines de semana en la playa, masajes sobre la arena y cálidos besos. El que se arrodilla ante ti para pedir tu mano, para que seamos uno, para siempre. Soy el que te toma de la mano por la calle, el que te protege en las películas de terror y enjuaga tus lágrimas derramadas ante una película dramática. Soy el que cocina, el que degusta tus platos, y te agradece día tras día tu sola existencia.
Pero también soy el hombre apasionado que te besa con violencia, que te acaricia, te muerde y te pellizca, que se siente único al tenerte entre sus brazos y consigue que todo tu cuerpo se estremezca con un susurro. Soy el que recorre tu cuerpo con un cubito de hielo, el que derrama aceites por tus pectorales para acariciarlos mientras te relajas, el que se tumba sobre ti y sueña con seguir tumbándose en tu cuerpo. 
Perfecto.
Aquello que has soñado, acaba de personificarse ante ti. La perfección más absoluta. 
Y en mitad de esa perfección, un solo defecto. Una tara apenas visible que sin embargo,desmorona el castillo de cristal donde pudimos ser eternamente felices. 
Quizás, en verdad, sea el hombre perfecto con el que siempre has soñado. Y sin embargo, insistes en dirigirte una y otra vez a la imperfección. Pasas de largo ante mí, cada día, sin siquiera pararte a pensar en que estoy aquí, mirándote a hurtadillas, soñándote, sabiendo que nuestro destino es el mismo aunque te afanes en huir de él. 
Mi tara es la distancia, la invisibilidad de ser perfecto en un mundo lleno de imperfecciones. 
¿Acaso no es una imperfección manifiesta, el que siempre terminemos con seres imperfectos cuando nuestra meta más alta es la perfección segura de aquel que siempre nos ha amado, secretamente o a viva voz?

No soy perfecto. No soy hermoso, ni tengo un cuerpo que invite a la lujuria. Soy alto, quizás demasiado. Soy bajo, tal vez en exceso. Soy gordo, tanto que te doy asco. O demasiado delgado, hasta darte grima y causarte un estupor que no tiene nombre. Visto demasiado informal y sin gusto, un pecado. O tal vez mis ropas sean demasiado formales y pienses que soy pijo. 
Quizás el único error entre mi supuesta perfección sea, simplemente, ser un hombre. Enamorado de otro hombre. Que ama a una mujer.
O ser un hombre, que ama un hombre, que ama a otro hombre. 
O ser lo que soy, en secreto, mientras intento jugar al juego de la vida disfrazado de chico bueno. 
No soy perfecto, porque no soy quien soy. Soy quien se espera que sea. A veces. 
He salido del armario, a veces. Me he sentido orgulloso, a veces. He sonreído y sentido felicidad, a veces. Pero otras veces, cuando la perfección se esfuma entre nubes de tormenta y desiertos áridos de polvo y sequía, siento la imperfección del mundo que me rodea ahogándome entre mis defectos. 

Soy perfecto, porque he aceptado que no existe la perfección.


Imagen: Neil Patrick Harris, quizás el hombre perfecto... para mí :P

14 de septiembre de 2011

Cuento Macabro

 Una sola lágrima corriendo por tu cuello, derramándose lentamente hacia los abismos de tu pecho, cayendo por tus pectorales, tus abdominales, más allá de tu ombligo, hasta encontrarse con el descuidado bosque del vello de tu sexo. Una simple lágrima de sangre que tiñe tu piel pálida, que me invita a lamerte el cuerpo cuya vida se agota, recorriendo cada centímetro con mi lengua envenenada mientras aspiro el embriagador aroma que a ti me atrajo... Es hermoso, si lo piensas...


Voy a contaros un cuento, pero no un cuento al uso, sino uno en esencia verdadero. Un cuento sin finales felices. Una historia de hombres, donde las mujeres no tienen cabida. Las princesas, relegadas a dormir su sueño, mientras ellos, caballeros de vida agitada, viven las noches del vicio y la depravación más infame. 
El protagonista de este cuento macabro no es un príncipe apuesto, de ondulados cabellos dorados, sino un duque o tal vez un conde, de cabellos negros como la muerte, con un rostro de cera por ángeles caídos cincelado. Ojos almendrados y fríos posee, nariz fina y afilada, labios carnosos y envenenados.
Su cuerpo es el cuerpo mismo del pecado, sus manos son armas de cristal velado.
Su uniforme no es azul, sino negro. Un traje de elegancia que cubre sus músculos y secretos y oculta a ojos del mundo una realidad temible. Su nombre, perdido en el tiempo, bien podría ser mi nombre. Sí, por mi mismo nombre llamaremos a este ser del mundo real. Tal vez, tan solo quizás, su historia sea la mía.
Damián no es protagonista de cuento, no de esos cuentos que uno contaría a sus hijos antes de dormir. Pues en el cuento que ahora os estoy contando, Damián es un caballero de tinieblas ornado. Su reino es la tortura, el dolor y la desdicha. En sus manos no porta un cetro de oro y piedras preciosas, sino dagas afiladas y espadas legendarias. No viste azul, porque el azul, porque no es un príncipe ni es perfecto. El negro es más sufrido... menos evidente, más discreto. 
El caballero de tinieblas ornado tampoco busca una princesa de cuento. No busca una dama de refinadas costumbres y altos tacones, y vestidos de ensueño imposibles de fabricar. No busca pendientes brillantes ni joyas, ni carruajes y fiestas. El caballero que lleva mi nombre busca los cuerpo de príncipes varoniles y caballeros apuestos. Hombres, como él.
Si buscase la perfección nunca la encontraría, pues el mundo es imperfecto y he ahí la gracia del vivir.
Armado hasta los dientes con su propia realidad, cubierto por una invisible armadura, el caballero tenebroso se mueve entre las alimañas del mundo y vive, ajeno a todo lo demás, una vida insaciable y dura.

Yo, príncipe de las tinieblas. Yo, maestro brujo hacedor de maldiciones, cuyas malas artes producen venenos desconocidos... Yo, Damián, os digo que ante mí os postraréis. Bajo mi mano de hierro gobernaré vuestras tierras, y si contra mí os alzareis, no os quepa duda, pereceréis. Las sombras son mis aliadas. Los cuervos, mis mascotas. Bajo mi férrea mirada, la vida muere y la muerte vive. Así sea. Buscaré un príncipe, uno que sea mío, y así ha de ser...

¡Oh, tú, príncipe idiota, descerebrado absurdo de efímera belleza! Ven a mí... Voy a seducirte, caballero. Voy a camelar tus sentidos, a enamorarte de mí, a conseguir que no duermas sin soñarme, que no hables sin nombrarme, que no beses sin besarme... voy a hacer que tu vida sea mía, que cada latido de tu corazón me pertenezca, que cada fibra de tu cuerpo lleve mi nombre tatuado en fuego.
Logrado mi cometido, alcanzado el éxito de mi plan, llegará la hora de terminar la faena, y una vez seas mío, y una vez tu vida sea mía, tomaré entre mis manos la daga de plata del dolor y mientras seamos uno, unidos por la gracia del sexo y la lujuria pasional de los hombres amándose, fundidos nuestros cuerpos... tus ojos cerrados en un gemido de placentera dicha, clavaré su afilada hoja en tu pecho, y derramaré tu sangre sobre mis manos, sobre mi cuerpo, y beberé tu vida mientras la pierdes a borbotones sin dejar de gemir. Tu sangre en mi sangre, tu vida escurriéndose entre mis dedos. 
Y una vez muerto, seré yo y solo yo, y podré sentirme vivo de nuevo. Y vivo, más allá de tu cadáver sobre mi cama y tu sangre sobre mi pecho, buscaré un nuevo amante, al que haré mío sobre tus restos, al que haré mío y solo mío, y llegado el momento, volveré a beber de él, como de ti habré bebido. Y me volveré solitario, huraño... e inmortal.
Los príncipes muertos cantarán un réquiem a aquellos que llegan para aumentar su coro. El príncipe solitario, en las tinieblas rey, aceptó su locura y siguió matando, bebiendo sangre, planeando venganzas y creando venenos. Bebiendo sangre, amando a los hombres, devorándolos, haciéndolos perecer en una danza orgiástica de sudor y semen. Y sangre, siempre sangre...
Copas de sangre a mi mesa. En mis mazmorras, cuerpos sin vida. En la medianoche de luna llena, gritos de ausencia y trémulas miradas a los cielos de cristalina negrura. Y solo en su castillo, vive el caballero sin finales felices... y sin final.


Imagen: fotograma de la serie de tv "Dante's Cove"

9 de septiembre de 2011

¡Oh, amor!

¡Oh, amor!
Qué difícil de mirar, el sol cuando refleja, arrancando destellos de los cabellos dorados de aquel hermoso caballero que fuera dueño de mis amores. Qué delicado aroma, el jardín que mi hogar rodea. Pétalos de rosa y azahar en el colchón mullido de mi alcoba, esencia de vainilla y fresa en el agua que limpia mi cuerpo, violetas en tu cabello y un perfume que no identifico pero que huele a ti.
Bribón te llamaría si fueses mío. Y aún sin serlo no podría, pues pasión me recorre la venas tan solo con pensar en ti.
¡Oh, tú!
Eres hombre misterioso, de magnetismo y dulzura. Azúcar derretido y miel, en los labios que no me besan. En tus ojos, despistados, brilla la chispa de la misma vida y siento, tan solo con recordarlos, que vive en mí una llama imperecedera.
De tus dedos varoniles brotaron polvos de pura magia, te creí brujo siendo yo tu embrujado, por ello danzamos bajo una luna invisible, que era llena aún sin serlo. Nos rodeaba el halo de los secretos, nos mecía el viento de la fortuna, acariciándonos desnudos en la desnuda piedra donde clavada estaba la espada virgen de aquel destino que no conozco, pero que es mío y tuyo, nuestro.
¡Oh, amor!
Es tu voz la sonata de un romance sin final. Es tu canto el clarín de mis desvelos, trompetas de plata en mis oídos cada vez que escucho tus palabras.  Tu voz, la música que me relaja, que me procura la paz del alma y la tranquilidad de los sentidos. Tu voz que me habla en sueños, que me susurra entre los violines de una balada cantada en la noche fresca y el día agotado por la luz de un sol emergente. Tú, quien susurra entre la espuma de una playa perdida en el paraíso mismo de la vida.
El romance de un trovador se torna narración de mis desvelos. Él, que cantare estrofas de gran belleza ante reyes, condes y duquesas. Él, que narrara los sentimientos de mil amantes desvelados por el infortunio de sus amores... Su cuerpo tiempo ha, fenecido. Su alma, inmortal, susurrando romances a oídos de quienes aman, de los que no puedan amar. De los que ansían, sin efecto. Cupido de afiladas flechas que hallara mi corazón baldío y mi fortaleza en horas bajas, que me prendó con sus promesas de una vida feliz y un tesoro perdido en mis manos.
Perderme podría en la fuerza de tus brazos, acurrucado en tu torso de héroe, besado por tus labios de barba vestidos, ahogarme en tu mirada y sentirme afortunado por sentir muy cerca la virilidad del hombre que me hace suyo en la noche fría, que me hace suyo sin tocarme y al hacerlo, me arrastra consigo al mismo cielo. Sobrevolaría el mundo hasta la más alta cumbre, abandonaría cuanto soy por llevarte conmigo a la más desierta de las islas. Allí, sobre la arena mojada y bajo el rey de los cielos, desnudos nuestros cuerpos bañados por la creciente marea, sería tuyo como tú eres mío. Y al terminar la hazaña de amarse en secreto te ornaría con rosas vírgenes y de beber, te daría los jugos inmortales de cuanto es.
Me llamaron romántico cuando soñé con ser tuyo, que tú eras mío. Me llamaron romántico cuando compré una rosa de vil belleza, y una botella de vino para regar tu cuerpo con perfume y jugo de Dioses.
Me llamaron romántico cuando, en la flor de mi secreto, clamé a los vientos el amor que por ti sentía. Y por ti, nadie más que tú, salir al mundo con la cabeza bien alta y las manos trémulas, sabiendo que el romance se deshace como el hielo bajo el sol, se desvirtúa como el humo en la brisa salada del mar.
¡Oh, amor!
Podría susurrarte palabras que carecen de sentido, preñadas por el sentimiento más antiguo. Escrito en un cielo de estrellas cautivo, tu nombre me guía y me pierde.
Y en las noches sin luna ni estrellas, cuando podría vencerme la desidia de no verte, de no saberte, amor... me refugio en el recuerdo y pienso, que tal vez será posible que tú, amor, me encuentres al fin, desnudo sobre mi cama, y entres en mí sin secretos ni mentiras... y por fin, unidos en un solo cuerpo, podamos vivir del romance y las sonatas de un trovador de apagada voz y ancho corazón de oro.
Vivir sin amar, no es vida. Y yo, te amo, amor. Te amo.

7 de septiembre de 2011

Relatos con Misterio - Archivos Secretos 003

NOTA SOBRE LOS ARCHIVOS: Los cuatro breves relatos que comparto en esta ocasión fueron creados para un proyecto radiofónico que no llegó a materializarse. Eran textos destinados a un juego en el cual los oyentes debían averiguar el misterio de cada una de esas historias, la explicación de lo que había sucedido en cada situación de las mencionadas. He decidido publicar los cuatro relatos, sin las soluciones, como un pequeño juego... incompleto. ¿Os atrevéis a seguir las pistas y aventurar las cuatro soluciones a la pregunta ¿Qué pasó? 


~        LA CARTA:

Apareció de la nada, todo un misterio… No había remitente en el sobre, tampoco firma en la carta. Ana leyó la fecha, que indicaba que aquellas palabras habían sido escritas el día anterior. Era una carta de amor. En el buzón había encontrado aquel pequeño sobre blanco con su dirección escrita en una caligrafía desordenada y trémula. No encontró nada más, ni siquiera folletos de publicidad o facturas. Tan solo aquella misteriosa carta. No tardó en averiguar que su escritor la había entregado personalmente. No tenía que ser extraordinariamente inteligente para descubrirlo.

~        EL INTRUSO:

Cuando escuchó ruidos en el piso inferior, Laura supo que había un intruso en la casa. Vivía sola y no tenía mascotas. Acostada en la cama, aterrada, escuchaba los pasos de alguien que no se molestaba en pasar desapercibido. Laura buscó con la mirada un escondite. Estaba muy asustada, cuando se fijó en el armario. Salió de la cama pisando la gran alfombra que cubría todo el suelo, tiró de la puerta del armario empotrado con fuerza y se escondió. Pocos segundos después, el intruso accedió al dormitorio. No era un ladrón, sino un perturbado, un loco asesino armado con un cuchillo de carnicero. “¿Dónde estás?”, preguntó con maldad, sonriendo y girando sobre sí mismo. Apenas termino su rápida inspección al dormitorio, el intruso abrió la puerta del armario y encontró, aterrada, a Laura.

~        EL ESCRITOR:

El escritor tomó asiento frente a una hoja de papel en blanco. Aquella mañana se levantó de la cama lleno de inspiración y debía aprovecharla. Tomó del lapicero el único bolígrafo que había, preguntándose dónde habría metido todos los demás bolígrafos, los lápices, etc. y se preparó para dejar volar la mano sobre el papel, derramando la tinta, creando una historia. Suspiró. Apenas había garabateado la primera palabra se detuvo. No podía hacerlo. Era imposible. No pudo escribir nada.

~        LA PRESA:

El conejito blanco abandonó su madriguera en busca de alimento. El bosque estaba muy tranquilo, pero el conejo permanecía muy atento a cualquier ruido o movimiento, porque uno nunca sabe cuándo puede encontrarse con algún carnívoro hambriento. Se alejó de la entrada de su madriguera con pequeños brincos y no se detuvo hasta que no escuchó aquel inquietante sonido. Una rama se había quebrado muy cerca bajo el peso de algún animal. El conejo se sintió acechado y busco desesperado algún escondite, pero no encontró ninguno. El depredador rugía al sentir cerca su presa. Avanzaba veloz hacia el conejo, abriendo las fauces llenas de colmillos. Un sonido seco retumbó en la quietud del bosque ahuyentando a algunos pájaros de las ramas cercanas. El depredador había desaparecido, pero conejo blanco ya estaba muerto.

6 de julio de 2011

El Maquinista


Las agujas del reloj marcaban un par de minutos más allá de las doce, pero el tren continuaba parado en la estación, sin visos de partir hacia un destino que nadie había marcado, que era un misterio todavía por resolver.
Todo estaba preparado. Los pasajeros se habían acomodado en sus asientos, el tren había sido revisado y se había comprobado que nada fallaba. Las vías, vacías. El trayecto, libre. El mundo, expectante.
En su cabina, contemplando el horizonte con la mirada perdida, el maquinista se impacientaba, aguardando la señal. Partir, o cancelar el viaje. La decisión parecía sencilla, pero allí estaban, parados en la estación, resignándose a esperar.
Apareció entonces el revisor en la vía, y se detuvo ante el maquinista. Los dos hombres se miraron fijamente, entendiéndose sin palabras, pues los dos sabían que el tren esperaba a su revisor y que sin éste, no podrían partir.
-Sube, llevamos cinco minutos de retraso -dijo el maquinista, sonriendo al verle allí, al fin.
Pero el revisor no se movía de su sitio. Y las agujas del gran reloj redondo de la estación, continuaban su lento e imparable avance.
-¿A dónde nos llevará el tren? -preguntó el revisor, sin moverse de su posición.
-Nadie ha indicado nada al respecto -respondió el maquinista-. Nuestro Destino es incierto, pero todos queremos llegar a él.
El revisor meneó la cabeza, se sacó la visera azul marina y se rascó la cabeza de cabellos rubios. El sol se reflejó en sus ojos del color del cielo, y el maquinista suspiró.
-No me gusta eso -dijo el revisor, colocándose la gorra-. No es seguro.
El maquinista se asomó un poco y le sonrió.
-Nada es seguro, querido. Nada -dijo sin perder la sonrisa-. Y no obstante, los trenes tienen que partir...
Pero el revisor no se movía de su sitio. Y lentamente se giró, y contempló los raíles que se perdían más allá de la vista, engullidos en un horizonte desconocido.
-Sin un Destino marcado -dijo-, ¿cómo saber qué nos aguarda más allá? Quizás otro tren venga en nuestra dirección, quizás algo se interponga en nuestro camino, algo en mitad de la vía...
El maquinista bajó de la locomotora y se acercó al revisor, lo miró a los ojos y por un instante, sintió miedo. Nunca antes había sentido algo así, la sensación de que aquella locomotora, las vías e incluso la estación de tren se derretían a su alrededor, inundando cuanto conocía de acero fundido que amenazaba con quemarle los pies.
-Tienes que tomar tu decisión -dijo al fin, mirando aquellos ojos que se le antojaban distantes estrellas en un cielo nublado por el pesar-. El tren debe partir y tú debes estar en él. Nada ni nadie puede frenar la frecuencia de trenes. Puede que alcancemos nuestro Destino, puede que descarrilemos y acabemos en el fondo del precipicio... pero es nuestro Destino.
El revisor bajó la mirada.
-Quisiera no subir... -dijo- Pero no puedo hacerlo. No quiero hacerlo. Sé que tengo que subir al tren.
-No debes no subir.
-Sí, debería negarme y quedarme en tierra.
El maquinista suspiró.
-¿Te quedarías en la estación, preguntándote eternamente qué habría pasado si hubieses subido al tren?
Todavía espera una respuesta... pero el maquinista ya no mira al reloj, ni escucha las quejas de los pasajeros.
Había una sola cosa que tenía clara. El tren no podía partir sin su revisor.
El mundo podía esperar. A ellos, los esperaba su Destino, fuese cual fuese.

2 de julio de 2011

El juego de la llave

Carta nautica del Mediterraneo. 1707.
Cuenta una antigua leyenda la historia de un escritor cuyo corazón, herido de muerte, albergaba en su interior la esencia misma de su propia existencia. Aquel escritor herido había sido largo tiempo perseguido y, sabiéndose perdido en los designios de su propia realidad, conjuró un largo hechizo que habría de protegerlo eternamente.
Al borde mismo de la muerte, el escritor encontró en una selva perdido de cualquier perdido mundo, una tribu de duendes, y ellos le ayudaron en su cometido. El escritor elaboró una pesada llave de oro, con empuñadura de cristales y esencia de plata, la llave misma de su corazón. Los duendes le otorgaron a la llave el poder de la tierra, la fuerza del sol, la pureza del agua y la frescura del viento. En aquella llave, grabaron unas palabras hoy olvidadas, que solo podrán ser leídas por aquel que cumpla los requisitos para portarla.
La llave fue guardada por los duendes en un cofre tallado en diamante. Era un cofre pequeño, pero más fuerte y resistente que el acero, y no podía ser abierto por la fuerza. Ni tirándolo al suelo, ni golpeándolo, ni forzando su cerradura. Aquel cofre de diamante, que permitía admirar el resplandor de la llave, solo se abría al contacto de la piel, pero había de ser ésta una piel pura, sin maldad latiendo debajo, con amor en las venas y bondad en el corazón. Y solo ante él, se abriría el cofre.
El escritor se llevó aquel cofre y lo guardó en el centro mismo de una isla desierta.
Más allá de la playa, la isla se extendía por todas partes en un árido desierto cuyas temperaturas resultaban insoportables. No había sombras en aquel desierto, ni se conocía oasis alguno. El desierto debía ser atravesado caminando, pues no había animales que cabalgar, todos morían en la primera jornada de viaje, y se necesitaban al menos siete para alcanzar el final. El agua de las cantimploras se evaporaba y ni siquiera el sudor de los hombres resistía su extremada aridez.
Siete días caminando eran necesarios para alcanzar el corazón vivo de la isla. No había palmeras y cocos, tan solo una selva cuya espesura resultaba infranqueable. La vegetación se apretaba formando muros que rodeaban a aquel que osase adentrarse en la selva. Plantas carnívoras devoraban a los infieles, lazos conjurados por el mismo demonio amordazaban y estrujaban a los malvados, y tan solo aquel destinado a llegar al centro podía abrirse paso lentamente, nunca usando la fuerza de las armas o el calor del fuego, sino armado con su propia valentía y su buena fe.
Superada la espesura de la selva, el expedicionario habría de encontrar una torre, en cuya habitación más alta se encontraba el cofre entre cojines de terciopelo, rodeado por tesoros de valor incalculable. Mas un campo de espinos le separaría de la torre, una yerma extensión de afilados pinchos que se clavaban en la piel rezumando venenos, paralizándole hasta hacerle caer presa del olvido y la sinrazón. Sin embargo, aquel destinado a alcanzar la torre vería aquellos espinos secarse, sus puntas derretidas, y en sus tallos crecerían rosas rojas.
Alcanzada la torre, el expedicionario osaría subir las escaleras, y se encontraría con una hechicera de negro vestida, portando en sus manos un callado y un caldero del que el hombre, agotado por la travesía, se atrevería a beber. Y así, olvidaría su aventura y sin saber cómo se encontraría de regreso en su mundo. Mas al hombre destinado a abrir el cofre, la hechicera le entregaría un paño blanco y en el caldero hallaría agua fresca de rocío, no para beber, mas para limpiar sus manos y así, poder abrir el cofre alcanzada la cima.
La isla desierta se encontraba perdida en un mar de turbulentas aguas, dominadas por sanguinarios piratas con patas de palo y parches en los ojos, que abordaban los barcos desconocidos espada en mano, rasgando cuellos y clavando puñales y flechas en los corazones envenenados. Aquellos que escapaban de los piratas se enfrentaban a oscuras aguas plagadas de extraños monstruos que destrozaban los barcos, y sirenas de belleza etérea y cabellos irisados, que sorbían la vida y destrozaban el alma en mil pedazos, dejando los cuerpos secos a merced de las tempestades.
En las tierras conocidas, el escritor herido dibujó un mapa en un fragmento de pergamino. En aquel mapa se explicaba todo esto, disuadiendo a los impuros para que desistiesen de tales hazañas, animando a todo aquel que se creyese digno merecedor de tales riquezas. En aquel mapa, el escritor cifró algunos mensajes que solo uno entre todos ellos podría descifrar. Y para hacerlo más difícil, dividió el pergamino en cuatro partes iguales y las repartió a cuatro caballeros mudos, sordos y ciegos. A lomos de veloces corceles de piel negra, los cuatro jinetes se alejaron hacia puntos cardinales diferentes, y cada uno de ellos depositó su parte del mapa en un punto diferente del mundo. Y solo ellos, los cuatro jinetes, sabían dónde se hallaba su mitad del mapa, mas ninguno podría saberlo a ciencia cierta, y tan solo podría haber desvelado el paradero de su fragmento, por lo que los cuatro secretos se encontraban a salvo.
Finalmente, agotado por tal hazaña, el escritor herido se dejó caer en un lecho de sábanas negras y almohadones de plumas, en una pequeña cabaña de roble en mitad de un bosque oscuro y allí, bajo el cuidado de una bruja y dos guardianes, cayó rendido en la inmensidad de su propio hechizo. Y, cerrando los ojos, esperó la llegada del caballero de ardiente armadura que sería capaz de atravesar mares embravecidos plagados de corsarios y bestias, áridos desiertos y majestuosas selvas, e incluso sobrevivir a la muerte de los afilados espinos y la verborrea de una hechicera.
Y habiendo realizado tal aventura, habría de encontrar el camino a su cabaña y, con la llave en una mano, le despertaría de su sueño para convertirse en el dueño único... de su corazón.

27 de junio de 2011

Bajo el farol rojo, en la calle de las tentaciones

La conocí una noche fría, mientras el mundo se convulsionaba en su propia autodestrucción, y ella me narró su historia.

Caminaba sola por callejones maltrechos, ataviada con su propia vergüenza, inflamando sus cabellos de fuego el viento traicionero, que deshace los harapos de sus ropas.
No es tristeza lo que oscurece su rostro ausente, no son lágrimas aquello que humedece la piel de sus mejillas. No es un suspiro melancólico el que mece sus senos turgentes, ceñidos por un corsé con hilos de sangre tejido.
El faldón de su vestido es de tul transparente, y enseña más de lo que sugiere, pues la mujer a solas perdida no es una dama de pureza intacta, sino que sus entrañas han sido preñadas de infidelidad y pecado.
Y en la desidia de su propia fortuna, la mujer alcanza su destino.
En la calle de las tentaciones vive una mujer para todos desconocida, por nadie conocida, aunque siempre buscada. No es una mujer hermosa, y no hay otra más hermosa que ella. Vacíos ojos de inescrutable profundidad, carnosos labios de mentiras y perdición, afiladas uñas que arañaban la vida... Rojo su corazón ardiente, y su sangre, caliente como lava, llenándola de un calor jamás sofocado.
La mujer vivía sola, alejada de la misma vida, y sólo muy de vez en cuando se rendía a sus instintos y buscaba el contacto, puramente carnal, de aquellos que siempre la buscaban, idolatrándola.
Bajo el farol rojo, en la esquina prohibida de la calle de las tentaciones, la ramera de apretadas ingles aguardaba paciente la llegada de sus concubinos, y con ellos, en el oscuro secreto de la noche fría, retozaba entre maldiciones y gemidos, dejándose querer.
Allí, con sus muslos heridos, sudoroso su cuerpo, se dejaba fornicar por aquellos que osaban querer poseerla. Aquellos que, sin saberlo, firmaban el pacto negro de su propio funeral.
La ramera gritaba en lenguas tiempo atrás olvidadas, los hombres gozaban... y el equilibrio de un universo en constante agitación se renovaba una vez más.
Ella se cobraba su presa, recibía la semilla de la nueva vida... y desaparecía, paciente, hasta el momento de retornar.
Bajo el farol rojo, esperaba la ramera.
Ningún hombre desea encontrarse con ella, pero todos ansían hallarla. La ramera de rojo vestida, ejercía de anfitriona en las fiestas del pecado y la depravación. Y vestida de lujo, renovada su aura, dejaba las ropas rojas en el suelo de la vida.
Y la ramera antes maldita, ejecutaba los planes de una realidad desconocida.
***
Una noche la historia cambió. Y a la luz de la luna llena, la ramera ausente encontró al caballero al que había buscado en la eternidad de un suspiro. Un hombre apuesto como ningún otro, con océanos en los ojos y un paraíso en su corazón, armado en silencio con una armadura de acero frío. El caballero defendía su vida con ahínco, armándose de valor con la espada empuñada.
Lucharon ferozmente, la ramera danzando, el caballero lanzando estocadas de precisa mortalidad. Mas ninguno de los dos desfallecía, ninguno quería rendirse, ninguno parecía dispuesto a morir.
Y en la distancia de un sueño, ambos se abalanzaban el uno sobre el otro. La danza era su sexo, la espada, su masculinidad. Y en las alcobas secretas de un mundo perdido, el Destino caballeroso y la Distancia retozaban.
Y al alba, cada uno despertaba en un rincón de su propio mundo. Y así, ajenos, continuaban su particular lucha, deshaciendo en secreto los hechizos de los humanos que, inocentes, nunca dejan de luchar.

Y cada noche la ramera espera, bajo el farol rojo de la calle de las tentaciones, que su historia vacía encuentre un pronto final.

20 de junio de 2011

De Muerte acompañado

Relieve funerario en Greyfriars
(Edimburgo, Escocia)
Vincent Mackenzie rubrica su final. Su historia se termina, su camino está cortado. Su realidad es completa.
Amigo, casi amante en horas oscuras, su sangre es la mía y su negro corazón es el mismo que en mi pecho late.
Ácidos corrosivos caen de sus ojos como lágrimas de falso dolor y absurda pena.
Como los míos, los suyos han visto que el mundo más negro es infranqueable para los puros de corazón. Y por eso, las sombras oscurecen su alma perdida.

El Amigo de la Muerte me acompaña en el pesar y la pérdida, en el duelo por la vida, en el réquiem de la muerte. En el susurro de las faldas de su compañera se advierte el mismo filo aceroso de quien sesga las vidas de los suyos, bañando en sangre el suelo que hoy pisamos.
El Amigo de la Muerte se rodea de extraños seres de otros mundos, que no dudan en acompañarle por un sendero marcado con rosas negras cuyas espinas gotean la sangre de aquellos valientes que osaron intentar cortarlas. ¿Quién, en su sano juicio, intentaría arrancar de la tierra yerma una de las rosas que marcan el sendero al otro lado?

De muerte acompañado, el escritor avanza en su pesar, sintiendo el vacío creciendo a su alrededor.
Y solo, en la misma soledad que sufre la muerte, vuelve a manchar de tinta sus manos viejas. Y solo, en la misma soledad de aquellos que ya no viven, vuelve a sentir...

24 de abril de 2011

Gracias por los 3000

LA DIFÍCIL VIDA DEL ESCRITOR NOVEL
Publicado en “El Correo Gallego”. 31 de Marzo de 2007

Cada mañana me siento ante una hoja en blanco esperando impaciente la llegada de las musas. Desde mi privilegiada posición he visto amanecer y anochecer en muchas ocasiones. He contemplado el ir y venir de agricultores, automóviles y ciclistas. He visto a mis vecinos vivir sus vidas mientras la mía se marchitaba muy poco a poco, como se marchitan las páginas mustias de los libros que escribo sin la esperanza de que lleguen a leerse algún día.

En mi mente hierven las ideas y se agolpan unos sobre otros los personajes que han de vivirlas. Es un baile constante de hombres, mujeres y niños cuya realidad no es otra que complacer mis ansias de creatividad. Algunos de estos personajes me desgarran por dentro con sus heridas sangrantes y sus crudas historias. Son productos muertos de mi mente enferma.
He escrito mucho a lo largo de mi relativamente corta vida. Muchos de mis trabajos los he perdido, muchos han sido destruidos con las mismas manos con que fueron creados. De los que restan, guardados bajo llave en un cajón de mi dormitorio, la mitad carecen de un valor monetario real, pero cuentan con un profundo e incalculable valor sentimental. Son mis retoños, mis hijos. En ellos late una parte de mi corazón. Están escritos con la misma tinta que corre por mis venas, sangre roja derramada en muertes y nacimientos, alegrías y penas. Con ellos he llorado y sentido cosas que de otra forma nunca habría vivido.
Conozco lugares que nadie conoce, lugares que son solo míos. Lugares que desearía compartir con un solo lector que abriese mis libros con cariño, acariciando cada palabra y leyendo cuidadosamente lo que pretendo contar. Cuento en sus páginas historias unas veces desgarradoras, otras mágicas.
La mayor parte de las veces, en el trasfondo más negro y fantástico, existe una verdad real. Y siempre y en todos ellos dejo una parte de mí.
La vida del escritor novel es difícil. Debemos debatirnos entre un trabajo miserable y nuestro ideal de vida. Debemos elegir entre lo que queremos hacer y lo que debemos hacer. Es difícil hacerse un hueco entre las fotocopias del mundo real.
Escribiendo mi nombre en estas páginas tan solo espero que, esté donde esté mi sueño, corra a mi encuentro. Tengo mucho que ofrecerte. Hay muchas páginas escritas a mi espalda, es cierto. Pero hay muchas más al frente, en blanco, en las que contar nuevas historias. Si nadie las lee no importa. Yo he hecho mi trabajo.
Al terminar cada capítulo, cada novela y cada cuento salgo al exterior de mi casa y me dejo caer sobre el césped verde del jardín. No importa si es día o noche, si hace frío o calor, incluso si llueve. Respiro el aire fresco y puro de la libertad y sonrío. Al día siguiente puede que no me guste lo ya escrito, puede que lo deteste. Pero ahí está, una nueva historia que como una flor en primavera se abre al mundo.
¿Cuántas personas contemplaran sus pétalos de seda u olerán su fragancia? Pocas o ninguna. Mis escritos, como el perfume de las flores salvajes, se los llevará tal vez el viento. Y con suerte, como una nota en una botella, llegarán a los pies de alguien que sabrá apreciarlos. Y si ese alguien se emociona, o sonríe o siente algo al leer mis palabras, sabré que he cumplido mi sueño.
Si te gusta escribir, escribe. Si te gusta cantar, canta. Si deseas pintar, pinta. No importa quién seas ni cuál será tu futuro. Me llaman soñador porque sueño? sueño con cosas teóricamente imposibles. Pero mientras sueño soy feliz y me siento orgulloso siendo eso, un soñador. Y punto.

12 de abril de 2011

Cartas de Amor y Desamor

Si mi memoria no me falla, fue en 2008 cuando escribí una carta de desamor para la primera edición de unos premios convocados en mi concello natal (Vedra). La premisa de aquel concurso era sencilla: la escritura de una carta de amor o desamor, en lengua gallega, con motivo de la cercana fecha de San Valentín.
No recuerdo qué inspiró aquella carta, aunque sí el proceso de escribirla. Recuerdo haber comenzado una carta romántica, llena de sentimentalismo, desbordada de tópicos y palabras que redundaban un sentimiento latente en cualquier carta de amor. La exageración, en papel y tinta.
Entonces recordé que podría ser una carta de desamor. Una carta de las que no abundan. Nadie escribe hoy cartas con el romance como protagonista, mucho menos cartas después de que el romance se haya roto, de que los corazones estén partidos en mil pedazos, de que las lágrimas manchadas de sangre se derramen por las mejillas de un rostro contraído por el dolor.
La carta presentada a concurso no habla de mí. Por primera vez en toda mi corta (pero intensa) carrera había escrito algo en lo que yo no era más que el mensajero de un personaje irreal. Ni una sola de las palabras escritas en aquella carta salieron de mis propios labios, ni uno de aquellos sentimientos era mío, al menos en aquel momento.
Aquella carta resultó premiada.
Ahora, un recopilatorio con las cartas vencedoras en estos años de concurso se presenta ante el público, y ello me llena de orgullo. Si bien la carta en sí no llegó a satisfacerme por completo, si bien habría querido cambiar algunas palabras y modificar algunas frases (como siempre), no deja de ser una de mis creaciones llegando al gran público.
El sábado 23 de Abril, el libro se presentará al público.
Y eso me hace feliz. Pues no deja de ser otro pequeño grano de arena... y muchos pequeños granos de arena pueden, no os quepa duda, alzarse en una enorme montaña.