12 de octubre de 2011

Orígenes

No dejan de resultar curiosos, a ojos de este escritor, los ciclos de la vida o los giros que vamos dando en el periplo desde nuestro nacimiento hasta el final de nuestro destino. A veces parece que perdamos el rumbo de nuestro viaje. la brújula se estropea, el mapa se borra, y todo cuanto tenemos es la certeza de estar perdidos, abandonados a la suerte muchas veces esquiva.
En esos giros y vueltas, a veces, volvemos a encontrarnos en lugares de sobras conocidos, con personas a las que amamos y respetamos, y admiramos por encima de todas las cosas. En ese ir y venir de situaciones, palabras y lugares, de rostros y de conversaciones, de relaciones y sentimientos, a veces, volvemos al lugar donde comenzó todo... o una parte del todo, o donde germinó la semilla de lo que hoy somos y soñamos ser.
Es ese lugar donde uno se siente como en casa, donde la libertad de movimientos es similar a la ingravidez del espacio profundo. Puede ser una plaza de piedras antiguas, un colegio lleno de enseñanzas y vivencias infantiles... o la mesa de una cafetería, en una calle antigua, de la ciudad vieja de Compostela.
¿Cómo una simple mesa puede evocar en alguien sentimientos encontrados, recuerdos de citas, de páginas escritas, de conversaciones, risas... de una vida que parecía perdida? Una simple mesa. Un par de musas. Y el recuerdo de un sueño que se renueva y toma fuerza.

Pudiera parecer una tontería... pero es una verdad absoluta.
Ayer, tomé un helado (nuevo) en la mesa (vieja, la de siempre) de la cafetería en la que siempre escribía. Fue aquel año en el que mi vida zozobraba, mientras el Hombre Muerto crecía, se hacía fuerte, y se profundizaba su historia lentamente. En aquella mesa, la mesa que ilustra estas palabras, escribía (a mano, no a ordenador) mi novela. Siempre a solas, mientras mis musas estaban en clase. Era mi entretenimiento particular. Escribía, observaba a los demás clientes de la cafetería tomando infusiones y cafés, hablando, compartiendo confidencias, regalándose besos y caricias. Y yo, escribía, contemplando al camarero guapo que siempre servía me té earl grey con una sonrisa que me conquistaba. Escribía, soñando con el día en que pudiera volver a aquella mesa con mi libro en las manos.
Entonces llegaban mis musas, agotadas después de horas de clases, y hablábamos de cualquier cosa, y comentábamos nuestras vidas, y yo les avanzaba cosas de esa novela que parecía eterna. Ellas me aconsejaban, me sonreían y, lo más importante, me apoyaban y animaban. Su confianza en mí, el valor que le daban (y todavía dan) a cada una de mis palabras, es el empujón definitivo en aquellos tiempos oscuros, y por ellas y solo por ellas, he llegado a donde ahora estoy. Por ellas, y solo por ellas, pudiera decirse que estoy rozando el sueño con la yema desnuda de mis dedos manchados de tinta.
Mis dos musas...

Diana es la Musa del Cine, la gran dama que siempre me ilumina con focos. En sus ojos brilla la figura dorada de un galardón que algún día tendrá en sus manos. Si ella quiere. Con ella nunca se apaga la conversación. Siempre hay películas que comentar, actores de los que hablar... Con ella he tenido la más larga e intensa conversación relacionada con mis obras. Supongo que ya lo sabe, pero en aquella extensa tarde en la que desgranamos página a página la Historia del Hombre Muerto (en su primera y breve versión), fue la primera ocasión en la que me sentí realmente un escritor en cierto modo reconocido. Me sorprendió el detalle de su lectura, la atención a cada gesto o descripción, y cómo logró encontrar cada uno de los detalles ocultos en la historia.
Lydia es la Musa de la Literatura, la gran dama que me baña en tinta y me perfuma en historias antiguas que desconocía. Tiene en sus manos el olor de las páginas nuevas y en su corazón, el brillo auténtico de las tapas de cuero de esos libros perdidos y olvidados en las entrañas de un mundo que ya no lee. Sabe más de lo que dice, cuenta mucho de lo que piensa. Con ella he pasado páginas de libros que aún no se han escrito, he vivido risas, he sentido que alguien comprendía al fin el valor de las tapas duras, de una portada bien hecha, de todo aquello que significa un buen libro. Si ella no hubiese dicho un "me gusta", yo no habría podido seguir, porque ella tiene la sabiduría que dan años de lectura y montones de libros rodeando su cama. Y eso, tiene su valor.

Con ellas he recorrido las páginas de mis novelas, por ellas he podido seguir adelante, escribiendo, creando y soñando que todo es posible. Si ellos han podido, ¿por qué no yo?
Nunca se lo he dicho, o al menos nunca he considerado habérselo dicho con toda la intensidad que se merecen. Me refiero, obviamente, al agradecimiento más intenso que puedo dar. Un GRACIAS con mayúsculas, rodeada cada letra por colores y fuegos artificiales... y tinta, mucha tinta.
Porque ha habido muchas musas e incontables musos en este juego de creación, pero ellas se mantienen, fieles, a través de los tiempos.

Sentado ante la misma mesa de siempre, en compañía de dos almas gemelas, dos musas... he sentido que regresaba a los orígenes mismos de la creación. Al hacerlo, de pronto surgen las ideas, nacen las palabras, se cierran las historias... y crece el convencimiento de que para alcanzar una estrella, tan solo hay que subir a lo más alto del mundo y simplemente, esperar pacientemente a que los astros se conjuguen.
Todo es posible si crees en ello.
Y yo, empiezo a ser creyente, de nuevo.

2 comentarios:

Diana dijo...

caray dami, menudos piropos. no se ni que decir...

Damián F. Maceira dijo...

Son piropos desde el corazón, como ya sabes :)