29 de diciembre de 2011

El Pequeño Querubín


Historia de la triste Adamae

Adamae me llaman. De mi se ríen, Adamae… de mí… y no saben nada.
Adamae, siempre Adamae…
Lo tuve entre mis brazos y lo perdí. Dejé que se escurriera su fina y dulce piel entre mis manos manchadas y viejas. Dejé que se filtrasen sus llantos en mis oídos. No supe ver lo que acontecía.
Es ya demasiado tarde para derramar tantas lágrimas. Carecen de sentido. Absurdas son…
Los recuerdos son otra cosa… los recuerdos nos persiguen eternamente. A mí me perseguirá su mirada inocente hasta el mismo día en que deje este mundo. Es el alto precio que he de pagar por mi descuido, por mi desgracia.
Soy quien soy por el: Adamae…
Lo he visto nacer de mis inmundas entrañas. Su padre se había marchado meses antes con una fulana de mala vida, vientre desvaído y profundas ojeras. Una mujer de la calle, una mujer cualquiera. No le he visto nunca más ni ganas tengo de verlo. Me repugna su nombre, me repugna percibir tan solo el acre olor que dejaba al caminar, un olor nauseabundo de perfume astillado mezclado con el sudor de las axilas infestadas de maliciosas bacterias e insana podredumbre.
No tuvo el valor de decir adiós. Ni siquiera se dignó a darme una explicación. Me sentí terriblemente sola y abandonada, mi pequeño querubín. Sentí por vez primera el dolor de una pérdida y el yugo de un destino plagado de desdicha. Quise poner fin a mi vida y lo hubiese echo de no ser por ti.
Estaba yo al borde del puente más alto sobre el caudaloso río, allí donde las feroces aguas chocan violentamente contra las afiladas rocas. Miraba el atardecer entre lágrimas y miedo. Miedo pero no dudas, tesoro mío. Aquello era lo que debía hacer, pequeño querubín. Era el término de las desgracias, el punto y final a una vida inmerecida. Supe que mi muerte sería dolorosa pero no lloraba por eso. Lloraba porque mis sueños rotos se entremezclaban con el recuerdo y el dolor de su marcha.
Y entonces lo supe.
Estaba a punto de saltar al vacío acuoso y las rocas afiladas cuando algo apareció en mi mente, un destello, una luz. Era un brillo nuevo, el amanecer en pleno nacimiento de la noche.
Nunca sabré cómo, mi pequeño querubín, supe que tú estabas aquí dentro, en mis entrañas.
Sujetándome con fuerza al borde del abismo me giré. Un hombre me miraba confuso desde el borde opuesto del puente. Se acercó con sigilo, procurando no asustarme. Me tendió una mano ruda y áspera, una cuerda de salvación a la que sujetarme para no caer. Y la acepté. Acepté su ayuda pero no lo hice por mí, querubín, sino por ti.
Saberte en mi interior, creciendo lentamente hasta convertirte en un bebé… darme cuenta allí, al borde mismo de la muerte de que tu destino estaba ligado al mío. Tú hiciste cambiar la perspectiva que tenía yo de la vida y el mundo. Supe desde el primer momento que mirarte a ti sería como mirarle a él, pero era un precio pequeño comparado con el infinito placer de sentirte mío.
Llegaste al mundo un soleado día de abril. Naciste en una pequeña casa de madera situada en las afueras del pueblo. Ahora ese lugar no existe, pequeño querubín. De haberlo conocido te habría gustado, sin duda. Era un lugar acogedor desde el que se escuchaba el claro rumor del río que no hacía más que recordarme la desdicha que había sufrido. Los dolores de parto eran insufribles y todo a mí alrededor se tambaleaba peligrosamente.
Pensé que nunca podría hacerlo, temí morir trayéndote al mundo. Lloraba amargas lágrimas arrepintiéndome incontables veces por mi cobardía. Si hubiese saltado al vacío, si hubiese puesto fin a mi vida no habría padecido más dolor.
Como un  lamento mudo, una muchacha te ayudaba a salir de mí. Tu primer llanto era una clara melodía en mis cansados oídos. Ya no había oscuridad en el horizonte. Ya nadie podría dañarme jamás, pues ahí estabas tú en mis brazos entregándome la imagen más hermosa que una mujer puede contemplar: el fruto de su vientre, el rostro de un hijo.
Pequeño querubín te quise nada más verte. Tus pequeños ojos cerrados, tus diminutas manos arrugadas, tu piel ligeramente enrojecida por el esfuerzo del alumbramiento. Nunca llegué a decidir un nombre querubín, pero si lo hubiese hecho te habría llamado sin duda alguna Lucio, pues significa luz y eso eras para mí: la luz que lo iluminaba todo.
Durante toda aquella mañana te besé mil veces, acariciando tu piel con mis manos entonces jóvenes. Quise cerciorarme de la verdad de tu presencia. Temí que no eras más que un sueño que se desvanecería en cualquier momento. Pero eras tan real como mi propia felicidad. Tu olor era embriagador y apetecible, tierno y no acre como el nauseabundo olor de aquel que te concibió. Me alegré, pues al menos en algo no te parecías a él.
Te di el pecho en las primeras horas y sentí tus labios en mi seno sensible. Aún cuando ya no estabas dentro de mí eras una extensión de mi cuerpo. Te alimenté con los jugos de mis adentros y muy poco a poco creciste fuerte y sano. Tus ojos eran los míos, insondablemente castaños. Los míos eran vulgares, los tuyos divinos. Eran tus mejillas sonrosadas como las de tu borracho padre, pero tus labios eran tal cual los míos. Y tus manos también, con el meñique ligeramente torcido hacia dentro. Y tenías el cabello liso y negro como el mío.
Viendo cómo crecías asemejándote cada vez más a mí, supe que nunca me recordarías a aquel hombre que maldijo mi existencia. Su embrujo resultó hechizo de buena fe pues aunque partió y nunca más supe de él, te dejó antes en mi vientre. Y solo por eso le estaré eternamente agradecida. Aunque sienta hacia su persona un odio imposible de plasmar con palabras y en una hoja en blanco.
Mi pequeño querubín, siempre fuiste adelantado y valiente. Apenas tenías seis meses ya gateabas de un lado a otro, sujetándote a las mesas y las sillas para ponerte en pie y tambaleante, dar tres o cuatro pasos y caer. Pero no lloraste nunca al tropezar. Volvías a intentarlo una y mil veces, como si supieses que eso era la vida: caer y volver a levantarse.
Mis padres nunca aceptaron tu llegada y nunca vieron el angelical rostro de su nieto. Eras hijo del pecado, nacido de una relación insana. Me despojaron de apellidos y hasta de mi nombre, me apartaron de quien era hasta ese momento.
De nuevo sola, pero esta vez contigo. No me dolía perder a mis padres pues nunca mantuve una buena relación con ellos. Ahora que lo pienso tal vez  ha sido mi culpa. Cuántas veces me advirtió mi madre que él no era un buen hombre. Cuántas me dijo mi padre que me harían daño si me comportaba de aquel modo que yo creía moderno y él, atrevido y libertino. De haberles hecho caso nunca hubiese caído en el abismo. Pero de haber sido una niña buena y recta nunca te habría mecido en mis brazos, pequeño querubín. Y de esto solo puedo sacar una conclusión: son nuestros errores los que marcan nuestro destino. Desobedecer a mis padres tal vez ha sido un error, como lo sería sin duda amar a tu padre. Pero de ese error naciste tú, la bendición de mis días oscuros.
Adopté el nombre de Adamae, un nombre que dicen, no existe. Me da igual. Adamae significa madre feliz y yo lo era. Lo era, querubín. Lo era.
Pero también era una mala madre que no supo ver la oscuridad que firmemente acechaba tras cada esquina.

Aquel día brillaba un sol tormentoso. Decían los ancianos vecinos que el calor asfixiante traería lluvia. Y así fue. A media tarde, cuando la intensa esfera roja caía en el horizonte, unas nubes negras descargaron toda su crueldad sobre el pueblo y sobre nosotros.
Cayó la noche mojada y no brilló la luna llena. En la ventana de nuestro dormitorio graznaba un cuervo negro con las alas plegadas. Era el suyo un llanto apagado. Te atraje hacia mí y te arropé. Dormías con un dedo entre los labios y una media sonrisa que me tranquilizaba.
Y me dormí entonces sin saber que aquella noche el destino jugaría de nuevo sus cartas. Dormí sin miedo ni temor y soñé con tu padre. Y me desperté en plena noche y ya no llovía pero tampoco brillaban las estrellas ni la luna. Era una noche oscura. Te besé la frente fría y me levanté para buscar un vaso de agua a tientas pues no había luz y las velas se habían consumido.
Frío… frío que inunda mi corazón.
Era una noche inquieta. Caminé descalza y en puntillas, evitando hacer ruido alguno para no despertarte.
Frío en las venas, sangre helada y veneno.
Entonces, como al borde del puente un año antes, supe lo que había pasado. Corrí a la cama mientras un rayo partía el cielo negro en dos. Te cogí en brazos mientras otro rayo me partía el alma.
Pequeño querubín, con tu cuerpo sin vida entre mis brazos dormí aquella noche, sentada en el suelo. Con tu cuerpo muerto desperté a la mañana siguiente. El cielo lavado y gris me recordaba tu partida. Te pensé mil veces mal nacido, como tu padre. Eras una copia exacta de mí excepto en una cosa: tu destino de dañarme. Como él en su día me dejaste sola y muerta. Tus ojos amoratados, tu piel pálida y fría… y el acre y nauseabundo olor de la muerte…
Lloré durante un día entero mientras la vecina se ocupaba de todo. Te enterramos en una cajita de madera en un lugar olvidado y clavamos allí una cruz de piedra que hace tiempo se quebró. No me recuperaré jamás de tu pérdida, querubín.
Hace poco tiempo apareció él en las calles del pueblo. Desmejorado y vacío, la mujer que me lo arrebató lo había desplumado, decían algunos. Supe que estaba enfermo, moribundo. Dicen que murió aquella noche sin saberlo, la noche en que volaste de mi lado, querubín. Nunca supo que habías nacido, pues nunca supo de tu existencia, pero tu partida de este mundo le arrebató algo que no creía poseer.
Me repuse de tu muerte tiempo después e hice lo que creí correcto. Nunca me planteé acercarme a los abismos y zanjar mi sufrimiento. Y como un yugo muy pesado proclamé a los cuatro vientos mi nombre marchito, Adamae, que con fría paradoja me recordaba la desdicha de mi vida frágil.
Me acusaron de mala madre porque lo soy. Me pintaron de bruja y miserable porque lo soy. De mi han dicho que soy puta, que soy honrada, que soy alegre y triste a la vez. Desde tu partida, pequeño querubín, verdad y mentira se toman de la mano en un baile interminable de piernas suaves y carnes prietas, danza de senos desnudos y brillos, y babeantes hombres que pierden la vergüenza ante ellas, las mujeres jóvenes que les embrujan sin darse cuenta.
El día de tu muerte lo perdí todo. Hasta mi vida. Pues el día de tu muerte la madre feliz murió. Pero nació, fuerte y segura, Adamae.  

*NOTA DEL AUTOR: Este relato resultó finalista en el Certamen de Relato Corto Fergutson en Septiembre de 2009, siendo publicado pocos meses más tarde por esa editorial dentro del recopilatorio "Las Vacaciones del Detective". Este fue el primer boceto del relato, que se puede consultar completo y corregido en dicho volumen. 

25 de diciembre de 2011

Hace doce años...

¿No es increíble lo que pueden llegar a cambiar las cosas en tan solo doce años?
El 25 de Diciembre de 1999, cuando me levanté por la mañana, bajo el árbol de navidad había varios paquetes con mi nombre escrito en letras negras. En mi casa, Santa Claus suele traer ropa, libros... y los Reyes Magos se encargan de los juguetes y esas cosas. Así pues, aquel día bajo el árbol había alguna prenda de ropa, quizás un frasco de colonia... y un libro.
Un libro como cualquier otro.
Un libro que no tenía, a simple vista nada especial.
Un libro que, sin ser nada más que un montón de páginas encoladas y cosidas, estaba llamado a cambiar mi vida para siempre.
Porque no era un libro cualquiera, sino uno de mis mejores amigos. Porque no era un libro de cuentos, o cualquier libro de esos que todos tenemos adornando las estanterías y que hemos leído una vez, sino ninguna... Aquel libro que Santa Claus me trajo por petición de mi hermana, era "Harry Potter y la Piedra Filosofal".
Y aquel libro, se convirtió en el primero de una obsesión, de una forma de vida... de un sueño.
De aquello hace ya doce años... la aventura ha llegado a su conclusión. Incluso lo hemos visto en la pantalla grande... y algún día, pasaré el testigo de esa grandiosa historia a mis pequeñas princesitas... pero aún y con todo, hoy que es navidad y todo se vuelven recuerdos y emociones, no puedo evitar sentir que un escalofrío me recorre la espalda cuando pienso que en un día como hoy, hace doce años... mi vida cambió por completo.

24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


Mis queridos lectores, que me acompañáis cada año, cada día, cada nuevo relato, cada colección de palabras... a todos los que hacéis que mi sueño parezca más real, hasta que casi puedo rozarlo con los dedos...
A todos, quiero desearos una muy feliz navidad... unas fiestas fantásticas... y los mejores deseos!!

*** FELIZ NAVIDAD *** MERRY CHRISTMAS ***

22 de diciembre de 2011

El fin del Tiempo

Es extraño si lo piensas, y pensarlo a veces, es lo peor que uno puede hacer.

Hoy he mirado de una extraña forma a las agujas de un reloj imaginario. Un reloj a una torre sujeto, de piedra su cuerpo y vacío su corazón. Su lengua, olvidada y secreta. No se donde se encuentra, mas el río a su vera suena... y es el hogar de un sueño, la fortaleza de una vida y la fuerza de un deseo que escapa a la razón.
He mirado de forma extraña a las agujas de un reloj que marca las horas de una extraña forma. Son extrañas sus agujas de hierro forjado, como extraños los números de su esfera son. Pues son números, indudablemente, y sin duda no lo son.
He contado los minutos, que ni siquiera minutos son, pues no duran lo que debieran... y tampoco deben durar lo que duran. ¡Menuda sinrazón!
Y sin embargo, mirando el reloj de extraña forma y funcionamiento extraño, me he sentido aletargado y seguro, como quien se sabe protegido de cualquier peligro exterior. Pues el reloj extraño de extraña forma, estaba justo al lado de tu extraño corazón. No, ¡qué digo! de tu corazón al que yo extraño.
Eso sí.
Mucho mejor.

¿Por qué he mirado un reloj como ese? Si pudiera precisar los motivos que a tan extraña locura me han llevado... mas no es posible, no puedo lograrlo, ni quiero hacerlo. La vida zozobra bajo mis pies descalzos mientras el reloj marca las horas y su campana me acompaña a ritmo de dulce vals. bailando contigo me siento feliz, mas no eres tú sino tu sombra, y ni siquiera tu sombra, sino tu recuerdo, una quimera, la sombra de la sombra de lo que hubiera podido ser.
¡Qué cosas pienso, cuando pienso en ti!

Una bruja tuerta me ha dicho que ese reloj marca mis horas, o mis horas para contigo, o tus horas junto a mi. No se, yo no lo creo... ¿como podría ser eso verdad, si ya tú estás muy lejos y el reloj no deja de avanzar? Qué locura, la bruja tuerta, en un callejón perdido de esta ciudad de piedra. ¡Qué sabrá ella de las horas de tan maravilloso reloj! Sus entrañas de plata y su alma de oro... y en sus ojos inexistentes el reflejo de tu voz.
¡Qué digo! Un sinsentido... el sinsentido del amor.
Pudieran llamarme loco, y no lo harían, pues me saben enamorado, de un hombre que me es esquivo y que no siente lo que mismo que yo. Y por ello, me compadecen, y se ríen a mis espaldas, porque saben que en mi corazón profundo albergo una esperanza que no atiende a razón alguna. La esperanza de estrecharte una vez más entre mis brazos, antes del fin del tiempo... antes de la última campanada, cuando todo se vuelva oscuro y no exista jamás la luz. Antes de perderme en tu recuerdo, y olvidarme de mi nombre y el tuyo, y de la musicalidad de los dos nombres juntos, y de tus ojos, hermosos ojos, y de tu endiabladamente hermosa voz. Y de tu cuerpo menudo y hermoso, y de tu rostro exquisito...
No te olvido... nunca lo hice, en verdad...
Me llamaron loco por perseguirte en el mundo de los sueños, y no sabían que allí ya fuiste mío.
Allí donde el reloj no marca el paso del tiempo, sino los latidos de nuestros corazones juntos, eternamente... donde el tiempo no tiene principio ni final.
Allí donde se, como también lo se en el mundo de la vida y la realidad, que he sido, soy, y seré por siempre, tuyo. Hasta que el tiempo toque a su fin... y no quede de nosotros más que el absurdo recuerdo de los que ya no están, de lo que no ha sido, y de lo que quién sabe, será.

18 de diciembre de 2011

(British) Ink through my veins

Ayer apareció, en la pestañita de arriba de este blog que ahora lees, un enlace nuevo. Un enlace que dice "The British Version of Me". Si has accedido, verás que es exactamente igual al blog que ahora sigues leyendo, con una simple diferencia... allí, todo cuando alcanza la vista está en inglés (o intenta estarlo, dentro de mis posibilidades).
Inglaterra, Gran Bretaña... Londres, han sido siempre parte de mis sueños. Una pequeña parte a veces, o grandiosa en otras, pero siempre presente. No se muy bien el por qué ese país me atrae de esta forma, pero así es. Hay algo... británico dentro de mí. Y por eso, un blog en inglés. Porque es la forma más... no se muy bien qué decir, de practicar mi inglés escrito. Seguramente la mitad de lo que escribo allí está mal escrito, o expresado de forma incorrecta, o utilizando expresiones españolas que no existen en inglés. Habrá quien se ría de mi estupidez, quien opine que "por qué escribir en un idioma cuya gramática no se domina a la perfección". Yo les digo que cada uno hace lo que considera mejor, y para mí intentarlo es suficiente. Quién sabe, el primero está lleno de fallos... pero en un año podrían estar perfectos, y de ahí una novela... y una carrera que aquí, se me hace imposible muchas veces.
La idea, la primera idea, era comenzar el blog inglés en 2012. Pero me han podido las ganas... y la verdad es que me resulta divertido (y a veces un poco frustrante) esto de la traducción. Y ya no puedo parar de hacerlo.

2012.
Va a ser un año, cuanto menos, interesante... y eso que aún ni ha comenzado. Vamos, que ni puedo verlo o tocarlo y ya siento el vértigo de lo que pueda ocurrir. Dicen que ese año terminará el mundo. Yo se que llegará a su fin, tal y como yo lo conozco.
Quizás me mude, cambiándome de país. Hablando otro idioma.
Lo que sí está claro es que será un año de finales. En muchos aspectos. De muchas formas. El broche final a una (larguísima) etapa de mi vida. El final (eso espero) de los estudios. y otros finales... que ya se verán. Son finales que quiero que lleguen cuanto antes. Sin prisa, pero sin pausa. Finales muy meditados, muchísimo, al menos uno de ellos. Finales irrefrenables otros.
Y el año del amor. Quién sabe. Pudiera ser...

También será un año de finales (y comienzos) en el ámbito personal. Cuántas cosas he callado por no querer hablar de más, el miedo como freno y como atadura. Las esposas de la responsabilidad sujetándome con firmeza las muñecas. Cuántos silencios, cuantos sentimientos tragados y callados, cuantas cosas que he querido decir y nunca llegué a pronunciar.
He querido decirle a alguien un "te quiero" en otro idioma, pero no se lo dije (y ahora quizás es tarde).
He querido contarle a un par de personas "mi secreto", pero me ha podido la cobardía. En esto, no es tarde aún, y debería decirlo cuanto antes.
Me he mordido la lengua ante ciertas personas. Tanto, que hasta llegué a provocarme heridas en ella. No pienso hacerlo de nuevo.
He permanecido en silencio, muy quieto, sometido a lo que los demás creen que debe ser y no a lo que yo creo, o siento, o deseo.
Me he mantenido en el mismo lugar de siempre, haciendo algo que hace años que no me gusta, solo porque era más cómodo seguir que parar, porque era más fácil estar que desaparecer. Ya no.

Pero no voy a ser injusto... también hice cosas de las que me siento orgulloso, abriendo las puertas (de mi casa, en cierto modo) para ser más libre. He dado pasos que jamás creí que podría dar... y he roto muchas de las cadenas que me mantenían prisionero de la infelicidad.
Me he mostrado orgulloso, y he reconocido abiertamente que sí, no busco princesas sino príncipes azules. Aunque estos no existan y sus ropas terminen siempre destiñéndome en las manos... pero eso es otra historia. Además sí que existen, aunque hablen otra lengua y vivan en otro país.

El año presente todavía está dando su coletazos. Pero lleno de energía y decisión, espero ansioso las doce uvas que inauguran el final de una edad... y el comienzo de otra. Solo espero que los mayas estén equivocados... porque menuda gracia si después de tantos dolores y quebraderos de cabeza, no voy a poder disfrutar de... mi libertad.

16 de diciembre de 2011

Témpanos de Hielo

En el mes del frío y la nieve, cuando el mundo parece sobrecogerse ante la mortífera mano del hielo, las temperaturas bajo cero y la lluvia siempre constante, siempre presente... los cielos se tiñen de grises infinitos, de púrpuras dolorosos, de negro... se ocultan las estrellas, se disfrazan de nubes los cielos antes turquesas y limpios. ¡Oh, Diciembre!
En sus manos frías, en sus pies descalzos, quemados por el hielo que ahoga la hierba y destroza las escasas flores... que torna en quebradizos cristales las caídas hojas de un bosque de melancolía otoñal. En cualquier parte, allá donde sus verdes ojos miran, encuentra no más que ausencia, no más que vacío...
Ha caminado un largo trayecto, avanzando contra el viento feroz. Violentas las embestidas de la vida, salvaje el abrazo del dolor y el odio... incandescente la llama de un amor que no ha existido, que se tiñe de mentira, que se vuelve traslúcido y mezquino... ponzoña amarga del corazón dolido, ausente latido del corazón en mil pedazos destrozado... ¿quién querría amarle, si no es nada? ¿Quién querría besar sus labios jamás besados? ¿Quién querría acariciar su piel fría como la misma muerte?
Es dolor y pena, pero también la naciente fortaleza de quien se sabe descubridor de un paraíso nuevo... el paraíso de la auténtica verdad, la realidad ante sus ojos, las lágrimas secas, cayendo al suelo como gotas de cristalino hielo...

Ante él se ha abierto un horizonte desolado y hermoso, donde el suelo se confunde con el cielo, donde todo es igual siendo por ello absolutamente diferente. La superficie por la que camina es deslizante y fría, cristalina bajo los rayos de un sol que ya nada alumbra, que ya no caliente su piel de porcelana. Sobre su cabeza, un millón de témpanos de hielo hacen las veces de cielo e infierno, día y noche, confusa armonía de formas que emiten destellos apagados y fulgores ya muertos.
El poder de la razón sobre la fuerza de un ideal perdido.
El romanticismo sucumbiendo bajo el yugo poderoso de la verdad. Triste, pero necesario.
¿Quién querría un príncipe cuya armadura brillante se tornará herrumbrosa? Cuyo azul desteñirá en gris y negro. Cuya lengua no emita más que mentiras, cuya figura unas veces claras terminará desvirtuándose en la niebla de un diciembre oscuro y ventoso.
Pues si algo ha aprendido de los príncipes, es que ninguno existe. Y siempre, fantasmas deformes y vacíos, se disfrazan con sus ropas y se ciñen su piel, para engañar a aquellos cuyos ojos no pueden ver la maldad, cuyo corazón no acepta la posibilidad del engaño o el abandono... a aquellos que por ser confiados son siempre los más frágiles. Y de ellos se aprovechan, y por ellos se entregan a la aventura de lo imposible, de un rayo de sol, de una simple sonrisa, una sencilla caricia, una mirada de afecto y un beso de amor.
Pero al final, el disfraz se deshace. Se destiñen las ropas, se derrama la sangre... y el fantasma se desvanece como la niebla bajo el cálido sol. Y él, que se había enamorado de un imposible que creyó posible, se derrumba en una espiral de amarguras y temores... Y piensa que no es posible, que los fantasmas no existen... y en un lecho de rosas, ante una cena ya fría a la luz de unas velas tiempo atrás consumidas, espera murmurando en silencio a un amor que nunca llega. Mientras, más allá del umbral de su puerta, el tiempo avanza, los días transcurren sin descanso... el mundo cambia, las tornas cambian... y de pronto es día como al segundo es noche... y sigue contemplando la llama inexistente de una vida que se termina.

En diciembre, cuando el frío apremia y los témpanos de hielo cuelgan de su corazón herido, toma la decisión de encerrarse a cal y canto, de cortar las vías del tren, de ausentarse de un mundo cruel. En diciembre, mientras otros brindas con champán y saborean las fresas y los turrones, desnudos amantes en una cama de lujuria y sentimiento, él se pregunta el por qué de su desdicha.
Y concluye, quizás acertadamente y tal vez por error, que la culpa ha sido siempre suya. Porque él se creyó la leyenda jamás escrita del amor eterno. Porque él confió en la quimera del romance... y por creyente, sufrió.
Y ya no quiere sufrir más. Y por ello...