29 de octubre de 2011

Tintin

Cuando era pequeño, en la escuela, no era un niño demasiado sociable. Quizás por culpa de otros, o por mi propia responsabilidad, por la crueldad de ciertos comentarios, o por el motivo que sea, terminé convirtiéndome en un ratón de biblioteca, siendo ese maravilloso lugar atestado de libros el refugio perfecto para mis ratos libres.
En esos tiempos, rodeado de libros, me aficioné a la lectura. Encontraba entre las páginas de las novelas infantiles y juveniles, amigos y compañeros de viajes insospechados, lugares magníficos, rincones secretos. En mis largas lecturas, vivía aventuras que eran solo mías, que nadie más parecía conocer. Ahí, justo ahí, me enamoré de los libros.
Y ahí, enamorado de las historias y los relatos, encontré a un alma gemela de cabello pelirrojo, cuerpo menudo y una inteligencia y pericia envidiables. Su nombre, Tintin.

No puedo precisar cuántos años tenía el día que me tropecé con uno de sus cómics. Ni siquiera puedo deciros el titulo del mismo... pero recuerdo que me lo llevé prestado de la Biblioteca Pública, que estaba al otro lado de la calle, enfrente al colegio. Recuerdo que, al tomarlo en mis manos, me llamó la atención la portada colorida y el cabello pelirrojo (siempre pelirrojo) del protagonista.
Aquella noche, cuando mi madre me mandó a la cama temprano (pues al día siguiente había clases), fue la primera vez que leí algo bajo las mantas con una linterna. Y no apagué esa linterna, ni cerré los ojos vencido por el sueño, hasta haber leído la última viñeta de aquella aventura.
¡Qué fascinación me causó! Un joven apuesto (y pelirrojo, siempre pelirrojo... o tal vez anaranjado?) y muy inteligente, audaz... y escritor. O periodista. La versión oficial, dice periodista, si mal no recuerdo... Era maravilloso descubrir que el mundo, ancho y lleno de misterios, podía ofrecer tantas aventuras. Y que alguien en apariencia tan joven (yo siempre había creído que era un muchacho de mi edad, que por alguna razón no asistía al colegio) pudiera verse involucrado en toda clase de historias. Y además, era literariamente y dibujadamente, guapo. :P
Huelga decir que, en los días siguientes, me llevaba dos o tres de sus cómics cada día, que los devoraba, y una vez acabé de leer los que había disponibles en la biblioteca, comencé otra vez por el primero.
La pericia del personaje y su impacto, sumado a que yo tenía acceso a muy pocas de sus aventuras, me llevaron a querer leer más historias similares, conocer a otros muchachos valientes y arrojados... y ante la aparente ausencia de ellos... quise ser como él. Un joven aventurero, que plasma en el papel sus propias aventuras. Un joven valiente y audaz que, siguiendo las pistas, llegase a garabatear en un folio de papel una historia coherente y llena de intrigas. En unas pocas palabras: quería ser como Tintin, mi primer héroe, el único de la infancia, en realidad (hasta que apareció Harry a los 13 años, pero esa es otra historia).
¿Es mucho decir que por Tintin me he convertido en escritor? A mi me gusta pensar que ha sido así. Al fin y al cabo, nunca había pensado que yo pudiese escribir nada, o crear nada con mi imaginación, hasta que leí aquel primer cómic. Nunca se me habría ocurrido que un chaval como yo pudiera sentarse y escribir una aventura. Él escribía, yo también. Entonces, podría decirse que él fue inspiración y detonante de mi pasión por la letra escrita. Me gusta.

Ayer (viernes) se estrenó en los cines de toda España su nuevo largometraje, "Las Aventuras de Tintin: El Secreto del Unicornio", orquestada por Spielberg y Jackson, con música de John Williams y actuaciones de Jamie Bell, Daniel Craig o Andy Serkis entre otros. Y ayer, en el día de su estreno, pude verla. No quiero decir nada, porque no quiero decir nada... pero me ha encantado reencontrarme de ese modo con él. Me reí, me asusté un poco, me preocupé y me maravillé una vez más con la astucia y el saber hacer de un personaje que lleva muchos años ahí, oculto en el corazón, pero siempre presente, de algún extraño modo.
Ya se habla de una segunda película. Espero que llegue pronto. Y mientras tanto, este joven que hoy les escribe, seguirá soñándose pelirrojo (siempre pelirrojo), valiente y astuto, mientras empuña su pluma para rubricar las grandes aventuras de otros como él.


P. D: Milú os manda saludos. :)

25 de octubre de 2011

Stuart

Él era un chico como tú.
Se levantaba temprano todos los días para ir a clase, o a su puesto de trabajo. Se esforzaba por ser una buena persona. Su vida era suya. Tenía un padre y una madre. Y tal vez, hermanos. Tenía abuelos, tíos, una familia como la tuya. Y sueños, probablemente tenía muchos sueños que en poco o nada diferían de tus propios sueños. Sus amigos eran como tus amigos. Y tal vez tuviese una pareja, o quisiese tenerla. Salía de fiesta, como tú, e iba al cine, o escuchaba música, hacía deporte. Posiblemente...
Él era como tú.

Muchas imágenes podían ilustrar este artículo.
La bandera del Orgullo me ha parecido mejor.
Más representativa. Menos morbosa.
Ahora ya no es como tú. Porque ahora, ya no camina entre nosotros. No acude a sus clases, ni a su puesto de trabajo. Su padre, su madre y sus hermanos lloran su ausencia, junto a sus abuelos y su familia. Se han secado sus sueños. Ya no saldrá de fiesta como tú, ni verá películas en el cine, ni hará deporte.
Su vida ha terminado. Prematuramente. Y de un modo horrible.
Porque alguien como tú, o quizás lo opuesto a lo que todos somos, decidió que no merecía vivir, o que su vida no valía la pena. Que su forma de ser, lo que era, no tenía cabida en este mundo. Porque alguien sintió tanto miedo ante las pocas diferencias que existen entre uno y otro. O simplemente, porque sí.

Pudiéramos pensar que, en la "avanzada" sociedad del siglo XXI, entre móviles de última generación, avances técnicos y sociedades en apertura, algunas cosas forman parte del pasado. A veces, podemos cerrar los ojos y pensar que todo va bien. El cielo despejado, el sol brillando... y nada que temer. Pero no es así.
Cada día, la sociedad (o una parte de ella) nos demuestra que no todos somos iguales, porque para muchos, la diferencia es lo primordial, algo que hay que cortar de raíz.
Llámalo homofobia. Llámalo machismo, o feminismo, o xenofobia, o como quieras. El hombre sobre la mujer. El blanco sobre el negro. El hetero sobre el homosexual. ¡Qué injusto!
Hay países en los que ser homosexual es un delito, penado con la muerte o la cárcel. En muchos otros, la gran mayoría, el homosexual se ve privado de derechos, y en los pocos en los que se ha conseguido avanzar en la igualdad (como en España), esos avances se ven amenazados.
La sociedad... ¿avanza?

Hoy, Stuart Walker es noticia por haber sido víctima de un atroz asesinato, presuntamente por ser homosexual. Los detalles los podéis leer en cualquier publicación. Es algo tremendo, que hace pensar en la verdad de la humanidad, o en la falta de valores. Y sin embargo, seguramente mucha gente ni siquiera prestará atención a su historia.
Piénsalo.
Seguro que conoces a alguien como Stuart. El chico que se sienta a tu lado en clase, el vecino, tu mejor amigo, tu hermano, tu hijo. Imagina por un segundo que esa persona sale hoy de fiesta, con todos sus mejores planes para disfrutar de su juventud, o de su vida en general.
Imagina que en unas horas te llaman, para decirte que esa persona ya no existe, porque alguien que se cree en posesión de la verdad ha decidido que ser gay es el peor de los crímenes.
Piénsalo.

Hoy ha sido Stuart. Mañana, puede ser cualquiera.
Y como joven homosexual, pero sobre todo como persona, eso me indigna.

Muy triste :(

20 de octubre de 2011

Ausente... sí

Ausente, que no desconectado. Silencioso, que no mudo. Sino callado.
Todo tiene una razón, incluso la ausencia de nuevos artículos o relatos en este rincón mío, esta mi casa de letras que en estos momentos roza ya las 10.000 visitas (increíble!)
Hay muchas cosas que contar, muchos secretos que quisiera desvelaros, proyectos que empiezan a iluminarse en el horizonte (algunos de ellos, en un horizonte más bien lejano). Parece que una reunión con las musas, sin café pero con helado, ha servido para renovar la savia de mi vida literaria, o tal vez ese encuentro me ha abierto los ojos y me ha recordado quién soy y lo que quiero... de cualquier modo, parece que...

Estos días apenas si vivo, tan solo respirando en las páginas de mis novelas. Novelas escritas, y novelas aún por escribir. En idiomas de siempre, y en otros que suponen una auténtica aventura. Pero de eso se trata, ¿no os parece? ¿Qué gracia tendría la vida si nos limitamos a lo que ya sabemos que sabemos hacer, y no intentamos hacer cosas más atrevidas?
Si me seguís en Twitter, probablemente sabréis ya por donde van los tiros... si no es así, atentos, que ya llegarán noticias (y siempre podéis mirar la aplicación que hay en el blog, donde se reflejan mis tweets).

En definitiva, un artículo que no dice nada, pero que lo dice todo. Ausente sí, por necesidades de agenda. Dormir poco, estudiar algo, escribir mucho.
¡Es el paraíso! (o casi)

12 de octubre de 2011

Orígenes

No dejan de resultar curiosos, a ojos de este escritor, los ciclos de la vida o los giros que vamos dando en el periplo desde nuestro nacimiento hasta el final de nuestro destino. A veces parece que perdamos el rumbo de nuestro viaje. la brújula se estropea, el mapa se borra, y todo cuanto tenemos es la certeza de estar perdidos, abandonados a la suerte muchas veces esquiva.
En esos giros y vueltas, a veces, volvemos a encontrarnos en lugares de sobras conocidos, con personas a las que amamos y respetamos, y admiramos por encima de todas las cosas. En ese ir y venir de situaciones, palabras y lugares, de rostros y de conversaciones, de relaciones y sentimientos, a veces, volvemos al lugar donde comenzó todo... o una parte del todo, o donde germinó la semilla de lo que hoy somos y soñamos ser.
Es ese lugar donde uno se siente como en casa, donde la libertad de movimientos es similar a la ingravidez del espacio profundo. Puede ser una plaza de piedras antiguas, un colegio lleno de enseñanzas y vivencias infantiles... o la mesa de una cafetería, en una calle antigua, de la ciudad vieja de Compostela.
¿Cómo una simple mesa puede evocar en alguien sentimientos encontrados, recuerdos de citas, de páginas escritas, de conversaciones, risas... de una vida que parecía perdida? Una simple mesa. Un par de musas. Y el recuerdo de un sueño que se renueva y toma fuerza.

Pudiera parecer una tontería... pero es una verdad absoluta.
Ayer, tomé un helado (nuevo) en la mesa (vieja, la de siempre) de la cafetería en la que siempre escribía. Fue aquel año en el que mi vida zozobraba, mientras el Hombre Muerto crecía, se hacía fuerte, y se profundizaba su historia lentamente. En aquella mesa, la mesa que ilustra estas palabras, escribía (a mano, no a ordenador) mi novela. Siempre a solas, mientras mis musas estaban en clase. Era mi entretenimiento particular. Escribía, observaba a los demás clientes de la cafetería tomando infusiones y cafés, hablando, compartiendo confidencias, regalándose besos y caricias. Y yo, escribía, contemplando al camarero guapo que siempre servía me té earl grey con una sonrisa que me conquistaba. Escribía, soñando con el día en que pudiera volver a aquella mesa con mi libro en las manos.
Entonces llegaban mis musas, agotadas después de horas de clases, y hablábamos de cualquier cosa, y comentábamos nuestras vidas, y yo les avanzaba cosas de esa novela que parecía eterna. Ellas me aconsejaban, me sonreían y, lo más importante, me apoyaban y animaban. Su confianza en mí, el valor que le daban (y todavía dan) a cada una de mis palabras, es el empujón definitivo en aquellos tiempos oscuros, y por ellas y solo por ellas, he llegado a donde ahora estoy. Por ellas, y solo por ellas, pudiera decirse que estoy rozando el sueño con la yema desnuda de mis dedos manchados de tinta.
Mis dos musas...

Diana es la Musa del Cine, la gran dama que siempre me ilumina con focos. En sus ojos brilla la figura dorada de un galardón que algún día tendrá en sus manos. Si ella quiere. Con ella nunca se apaga la conversación. Siempre hay películas que comentar, actores de los que hablar... Con ella he tenido la más larga e intensa conversación relacionada con mis obras. Supongo que ya lo sabe, pero en aquella extensa tarde en la que desgranamos página a página la Historia del Hombre Muerto (en su primera y breve versión), fue la primera ocasión en la que me sentí realmente un escritor en cierto modo reconocido. Me sorprendió el detalle de su lectura, la atención a cada gesto o descripción, y cómo logró encontrar cada uno de los detalles ocultos en la historia.
Lydia es la Musa de la Literatura, la gran dama que me baña en tinta y me perfuma en historias antiguas que desconocía. Tiene en sus manos el olor de las páginas nuevas y en su corazón, el brillo auténtico de las tapas de cuero de esos libros perdidos y olvidados en las entrañas de un mundo que ya no lee. Sabe más de lo que dice, cuenta mucho de lo que piensa. Con ella he pasado páginas de libros que aún no se han escrito, he vivido risas, he sentido que alguien comprendía al fin el valor de las tapas duras, de una portada bien hecha, de todo aquello que significa un buen libro. Si ella no hubiese dicho un "me gusta", yo no habría podido seguir, porque ella tiene la sabiduría que dan años de lectura y montones de libros rodeando su cama. Y eso, tiene su valor.

Con ellas he recorrido las páginas de mis novelas, por ellas he podido seguir adelante, escribiendo, creando y soñando que todo es posible. Si ellos han podido, ¿por qué no yo?
Nunca se lo he dicho, o al menos nunca he considerado habérselo dicho con toda la intensidad que se merecen. Me refiero, obviamente, al agradecimiento más intenso que puedo dar. Un GRACIAS con mayúsculas, rodeada cada letra por colores y fuegos artificiales... y tinta, mucha tinta.
Porque ha habido muchas musas e incontables musos en este juego de creación, pero ellas se mantienen, fieles, a través de los tiempos.

Sentado ante la misma mesa de siempre, en compañía de dos almas gemelas, dos musas... he sentido que regresaba a los orígenes mismos de la creación. Al hacerlo, de pronto surgen las ideas, nacen las palabras, se cierran las historias... y crece el convencimiento de que para alcanzar una estrella, tan solo hay que subir a lo más alto del mundo y simplemente, esperar pacientemente a que los astros se conjuguen.
Todo es posible si crees en ello.
Y yo, empiezo a ser creyente, de nuevo.

9 de octubre de 2011

La Hora

Es una noche de sábado como cualquier otra. Hace fresco, por fin parece que las noches se van acercando al otoño en el que debiéramos estar. Estoy en pijama... bueno, con una camiseta, que es mi pijama en los tiempos de frío. En verano, ni eso. En un rato, me iré a dormir.
Son las doce y media de la noche y es una noche de sábado como otra cualquiera.

Detrás de los cristales de mi habitación, más allá de la oscuridad teñida por la perlada luz de la luna, el mundo de la noche y la sangre joven se mueven al ritmo del frenetismo decadente y sexual de las discotecas. Ellos, poseedores de algo de lo que yo carezco, disfrutan de la madrugada entre copas de alcohol, cigarrillos clandestinos en las calles y una fiesta que nunca termina. Viviendo su juventud hasta el límite, como si no hubiera un mañana.
No me gusta demasiado beber alcohol. Tampoco fumo. Y desde luego, en pijama a medianoche, tampoco puedo decir que viva al límite...
Hubo un tiempo en el que yo era joven, moviéndome en la noche siempre como un pato mareado, desubicado y ausente en muchas ocasiones, pero siempre mezclado con mis congéneres, con mis iguales. No puedo asegurar que fueran tiempos mejores, puesto que en aquellos tiempos, hace unos diez años, vivía en mi pequeña burbuja donde la verdad era relativa, las mujeres deseables y los hombres inviables. Hoy que todo ha cambiado y puedo asegurar sin temores mi realidad, cuando puedo decir con orgullo que mi vida es mía, soy más feliz... o vivo más relajado... o algo así.
Pero en aquellos tiempos de oscuridad, me dejaba conquistar por las luces parpadeantes y la música atronadora, y a mi modo patoso, bailaba. No bebía demasiado, porque no me gustaba el alcohol... si bien cuando bebía, tampoco notaba efecto alguno a excepción de una extraña facilidad para reírme de mí mismo. Es igual. La cuestión es que por aquel entonces, yo vivía mi juventud.
Hoy en cambio, parece que he renunciado a ella. Soy un viejo. Y tengo veintiséis años. Es triste, si lo piensas, vivir los fines de semana en la cama, a solas, leyendo o soñando.

Hace ya varias semanas que un cambio se huele. O más que un cambio, la necesidad de que se produzca uno. Es el cambio siempre pospuesto, tal vez por la inseguridad de no saber cómo hacerlo, o por el temor a que no salga bien. Maldito miedo que siempre me frena. Maldita prudencia que solo me llena de dudas, de lo que podría haber sido, de lo que ha sido, de lo que es y lo que será.
Esta misma semana he vuelto a probar las mieles de la vida nocturna, si bien a modo de relajada cena, pero nocturna al fin y al cabo. Una mesa, llena de amigos y conocidos que podrían llegar a ser amigos. Con ella y con él. Con ellas. Con ellos. Nunca un sandwich vegetal había tenido tanto sabor a aceptación, ni una risa había conseguido relajarme tanto.
Tal vez por eso hoy, un sábado como cualquier otro, pasada ya la medianoche y con el pijama puesto, pienso en ese cambio que nunca llega, que se retrasa, que se frena. Y me doy cuenta de que ya es la hora de vencer el miedo, de enterrar los temores... y de salir a flote por mis propios méritos.
El cambio por el cambio nunca va a llegar. Yo debo luchar por él, moverme, sentirlo... y vivir ese cambio en mis propias carnes.

En casa, en una noche más otoñal que nunca, con la luna tiñendo de plata el mundo donde otros juegan a ser felices... se huele en el viento fresco el cambio que nunca llega, acercándose lentamente al escritor solitario. Porque la soledad, hasta hoy querida y aceptada, empieza a sentarme como una prenda demasiado ceñida, impidiéndome respirar.
No quiero convertirme en el viejo huraño de un edificio con olor a meado de gatos. No quiero convertirme en el viejo verde que frecuenta las páginas de contactos a la caza de hombres jóvenes. No quiero ser la persona que me mira hoy al otro lado del espejo. Un joven envejecido, con el rostro cansado y la mirada apagada, rendido a la evidencia de un futuro que en nada se diferencia a lo que ya es. Me niego a quedarme solo, o a dejarme morir, por miedo a un rechazo.
Y ahora que se lo que no quiero, ahora que lo que quiero es evidente... ha llegado la hora de empuñar las armas, y jugar las últimas cartas de un juego cuyas reglas van mutando con el devenir de los tiempos. Es un sábado por la noche, como otra noche cualquiera.
Y sin embargo, no puedo dejar de advertir su diferencia.

La hora ha llegado.

6 de octubre de 2011

Mr. Writer Returns

La historia de Mr. Writer es la historia eternamente pospuesta. Por un motivo u otro. Cobardía, vergüenza... a saber qué razones me han llevado a atrasar el momento de escribirla y (lo más importante) compartirla con el gran público.
Pero hoy he colgado el primer capítulo de la serie. La historia del escritor gay que busca un toque de romanticismo en un mundo frívolo y vacío, a veces incluso yermo, donde priman los cuerpos esculturales y las relaciones de una sola noche. A través del pasado y el presente del protagonista oculto bajo el seudónimo de Mr. Writer vamos a viajar por las noches del mundo gay, pero también por los días, por las relaciones y las amistades... y en definitiva, vamos a mirar desde la ventana sus idas y venidas en la búsqueda del hombre de su vida.
"Mr. Writer de Noche" se estructura a modo de serie televisiva, en temporadas. ¿Por qué lo hago así? Bueno, hay en el horizonte de la historia un importante cambio que posiblemente llegará en un año más o menos. Eso marcaría el inicio de la segunda temporada de la serie. ¿Cuantas temporadas habrá? Bueno, eso nunca se sabe...
¿Es Mr. Writer mi promio seudónimo?
 Tal vez sí, o tal vez no. Tal vez una parte de él sea yo, o él sea una parte de mí. En cualquier caso, sea o no sea yo entera o parcialmente, no deja de ser un personaje de ficción. Su historia ya...
¿Hay sexo en "Mr. Writer de Noche"?
Pues sí. Es una historia realista sobre un mundo realista. Todos somos mayorcitos y sí, habrá relaciones sexuales puesto que su historia pretende ser lo más real posible.
¿Encontrará Mr. Writer el amor finalmente, o lo ha encontrado ya?
No creo que nadie espere leer aquí la respuesta. Para conocerla... toca leer semanalmente los episodios...

Puedes leer la historia de Mr. Writer haciendo clik en el enlace superior. 

2 de octubre de 2011

El Muro (de papel)

Esta mañana, cuando remoloneaba en mi cama, negándome a despertar y a comenzar un domingo caluroso y aburrido como cualquier domingo, mientras mi madre hacía café fresco en la cocina, mi dormitorio olía a papel nuevo y a tinta fresca.
¡Qué curioso! Tomé aquellos olores como un preludio de una jornada de inspirada escritura, un avance descomunal en mi trabajo.
Aquí estoy, al borde de la noche, con páginas en blanco, un montón de papeles arrugados a mis pies descalzos... y una mala leche que no me contengo.
Otro granito de arena que añadir a una montaña descomunal de decepciones y fastidios, de tristezas y pequeños dramas. La bola de nieve que se transforma en alud. La gota que colma el vaso, el charco que se transforma en océano, la gota de lluvia que deriva en tormenta.
Necesito distanciarme de todo una temporada, sentarme en una mecedora a la sombra de algún árbol, y simplemente dejar de vivir una temporada. ¡Quién fuera rico!

La cuestión es que llevo muchos días parado ante este muro infranqueable. Podría bordearlo, pero continúa más allá de donde alcanza la vista. Podría saltarlo, pero no puedo precisar su altura, y en lo alto parece que hay cristales y alambre de espino.
¿Qué hacer cuando tu vida se congela y no hay forma de avanzar o retroceder? ¿Cómo tomar la perspectiva necesaria para tomar una decisión?

Una sombra oscura ha secuestrado a las musas. Ya no acuden a mi susurrando historias y palabras... ahora estoy solo, indefenso ante la selvática agonía de un sueño que se desmorona. Y ni siquiera en las deprimidas tierras de la desdicha, donde antes encontraba inspiradoras historias de asesinatos y tristezas, de llantos y melancolías... ni siquiera allí encuentro ahora consuelo alguno.
Es el infortunio de no saber qué hacer.

Parado el tiempo, terrible sufrimiento... ante los altos muros de una torre de papel. Papel blanco, impoluto... y sin tinta ni tintero, ni nada que escribir.

1 de octubre de 2011

Malvado.

Poison Apple Photograph - Poison Apple Fine Art Print - Holly Shoemaker

Quiero ser malvado. Quiero ser temido. Vestirme con ropas negras, armado con cuchillos de afilada hoja en veneno empapada. Quiero hundirme en la sombra, bañarme en las tinieblas, y beber copas de oscuridad y sangre. 
Quiero alzarme contra el mundo, sentarme en un trono oculto tras un campo de víboras, con asesinos por guardianes a las puertas de mi palacio donde nunca sale el sol, donde siempre llueven las tormentas y caen los rayos partiendo en dos el cielo y haciendo temblar la tierra.
Ansío causar temor, que nadie ose mirarme a los ojos, que el mundo tiemble a mi paso, que titubeen las mujeres y los hombres lloren de auténtico pavor. 
Quiero ser malvado, porque estoy hasta los cojones de ser bueno. 

Hoy quiero, necesito en realidad, que el mundo me deje en paz. Que nadie me hable. Necesito sentirme solo, porque en soledad nadie puede hacerme daño. Necesito el silencio, porque en el silencio no hay palabras falsas  o verdades a medias, o comentarios más afildados que la mismísima guadaña de la maldita muerte.
Hoy quiero besar a la soledad y follarme al silencio. Hoy quiero retozar en una cama de agujas envenenadas, quiero sentirme desgraciado y hundirme en mis propias lágrimas. Quiero ser lo que no soy y abandonar mi vida en pos de no-se-qué. 

Se acabó lo que se daba. Estoy agotado de ser y no ser, de decir y callar, de fingir. Maldito soy por no saber ser. 

He comprado una manzana en la tienda de la esquina. Solo una. La manzana más maravillosa y perfecta que he podido encontrar. Roja, de piel tersa y corazón tierno. Con una aguja la he preñado de las aguas del sueño y los efluvios del falo del demonio. Me he desnudado, y con la piel trémula y la carne flagelada por el dolor del pecado carnal, me tumbaré sobre mi cama y allí morderé la manzana de sangre. 
Solo un caballero podría salvarme de la muerte, con un beso. Pero, ¿quién querría besarme si al hacerlo sus labios beberán mi muerte? ¿Quién querría enamorarse del escritor maldito por la misma vida, perdido en el tiempo, olvidado? 
No. Morderé la manzana pereceré a manos del destino cruel de los que no son más que polvo. 

Estoy cansado de querer. Cansado de no ser querido. Cansado de la burla, de la maldad del mundo, de la soledad, de la vida, del sufrimiento y del mismo olvido, de la realidad y de la fantasía. 

Se acabó lo que se daba. 
Llegó la hora... de partir.