26 de septiembre de 2011

A. B. R(2).

En la vida de todo escritor que se precie, existen miles (tal vez millones) de páginas escritas. Algunas, perdidas, convertidas en bolas de papel desbordando la papelera infame del agravio y la basura escrita. Otras, dignas de ser publicadas, o al menos apreciadas. Y muchas, la gran mayoría, escritas por otras personas... escritores a los que uno admira, a los que desearía parecerse y a los que, en definitiva, les debe la pasión por la letra y la página en blanco. 
No podría especificar ahora mismo (tal vez por extenso, quizás por falta de memoria) la totalidad de los libros y autores que me han inspirado, o de los que he aprendido algo, o de los que nació la necesidad y el deseo de escribir. Recuerdo un libro que encontré en la biblioteca de mi colegio sobre un niño que se queda ciego tras ser atropellado en la calle, y sus esfuerzos por habituarse a un mundo a oscuras. Recuerdo los libros de Michael Ende que me regalaba mi hermana...

Inspiradores libros sobre trabajos inspirados...
o el desorden de la mesa del escritor (?)

Pero si hubo un escritor que marcó la diferencia en su momento, ese ha sido sin duda Paul Auster. No puedo precisar cuál fue el primero de sus libros en llegar a mis manos. Quizás la Trilogía de Nueva York. Tan solo se que tras ese fueron llegando los demás, impactándome de algún extraño modo, conquistándome por dentro y haciéndome partícipe de su mundo de una forma indescriptible. Puedo presumir de haber leído cuando estaba a mano en mi vida de este autor, y aún así me sorprendo encontrando, de vez en cuando, un nuevo libro desconocido. Ahora mismo, leo "El Libro de las Ilusiones", que no sabía ni que existía, y que me está conquistando lentamente. 
La relación literaria con Clive Barker es más nueva, mucho más reciente, y tiene apenas unas semanas. A él lo encontré en Twitter. Solo sabía que escribía novela de terror, pero eso bastaba para atraerme de algún modo. Casualidad o destino, días después llegué de la biblioteca con un libro suyo, sin saber siquiera que era suyo. "Demonio de Libro" me atrapó nada más leer las primeras páginas. Ahora espero impaciente mi próxima visita a la biblioteca para buscar alguno de sus otros títulos. A ver si hay suerte... 

Y en la letra "R", encontramos a otros dos. Sutil pareja. Curiosa. Los dos nacidos en las tierras verdes de Escocia, entre la piedra de Edimburgo que inspirara desde la distancia la "Historia del Hombre Muerto". 
Ian Rankin escribe novela negra ambientada en las mismas calles por las que se pasea mi querido Vincent. La diferencia es que él vive en esa ciudad y yo tan solo puedo verla a través de la pantalla de mi ordenador, al menos por ahora. Sus novelas me han llevado a conocer un poco mejor una ciudad que de todos modos, es la versión moderna de la ciudad que me inspira. Y aún así, he quedado atrapado por su red de policías corruptos, crímenes por resolver... y magia literaria. Ian Rankin es, posiblemente, mi escritor favorito. 
Magia. Curiosa palabra, quizás la responsable última de mi pasión por la letra escrita. Magia, varitas y colegios donde magos y brujas aprenden. ¿Os Suena de algo? La segunda "R", la femenina, no es otra que J. K. Rowling. La autora de la saga literaria más importante de todos los tiempos. Harry Potter es su hijo, nuestro mejor amigo y compañero desde la adolescencia a la madurez. ¿Hace falta seguir hablando sobre ella? No es evidente que me encanta, tal vez, o que la adoro, y que espero ansioso su próximo libro. 

Hay muchos otros. Libros sueltos, autores, cuentos o simplemente palabras que me han inspirado y me han llevado a sentarme ante la hoja de papel, bolígrafo en mano, a derramar historias imposibles. Esa es la magia de la escritura. Lo que unos han escrito es la chispa de lo que la siguiente generación escribirá. Al fin y al cabo, la vida imita al arte, y el arte es... la vida de aquellos que vivimos por y para ella. 

20 de septiembre de 2011

Lágrima

"por uma lágrima túa me deixaría matar..."

Una tristeza que no tiene explicación me inunda el alma y me ahoga por dentro. No hay motivos aparentes, no ha ocurrido nada y nada ha dejado de ocurrir para que esto así sea... pero así es. 
Tristeza. 
Una tarde desesperada, una noche que no entiendo, una suerte de dolor en el pecho y el agobio del no ser, del no saber, del no comprender. ¿Por qué? No lo se. 

Siento un nudo en la garganta y algo que me oprime el pecho, y unas ganas irrefrenables de llorar. 
Llorar.
Quisiera tirarme en la cama y llorar desconsolado hasta que se agoten las lágrimas. Quisiera gritar, o mejor, permanecer en silencio mientras las lágrimas mojan rostro. Si tan solo supiera que llorando lavaría de mi interior esta desazón, este sinvivir absurdo... lloraría. 
Quiero llorar. Y no se por qué. 
Estoy triste. 

18 de septiembre de 2011

Punto y aparte

Es el fin del verano, el último día de vacaciones. Mañana comenzaremos la rutina diaria de clases y apuntes, de exámenes y trabajos. La vuelta al estudio, la preparación última de nuestro futuro. El primer día del último curso (con suerte) de nuestras vidas. 
Quizás por ello, y por todas las decisiones que se ponen en marcha con el inicio del curso escolar, tengo más ganas que nunca de comenzarlo, y de terminarlo. Quizás por ello, este último domingo de verano y vacaciones se hace particularmente extraño. 
Será muy raro volver al mismo instituto después de tres meses lejos de allí. Reencontrarse con los compañeros, para comenzar de nuevo. O para seguir allí donde lo dejamos. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que en junio no afrontamos un final, sino una pausa. Un silencio que mañana termina, y nos deja donde estábamos. Tres meses más viejos, con tres meses de experiencias veraniegas, pero en el mismo lugar (cuatro pisos más arriba).


Todo huele a final, aún antes de haber comenzado. 
Tal vez sea normal, después de veintiséis años estudiando, tras tantas dudas y errores académicos. Ahora que, al fin, parece que he encontrado algo que me gusta y me apetece hacer. 
Se hace extraño pensar que, dentro de un año si todo ha ido según lo planeado, no habrá exámenes a la vuelta de la esquina, o apuntes, o vuelta al cole. Dentro de un año tal vez ni siquiera esté aquí, donde ahora estoy. Quién sabe. La vida gira continuamente, jugando su propio juego. 
Lo que está claro, ahora, en este momento y a escasas horas de volver, es que todo huele a final. 

Ha sido el olor del verano. Tras el olor de la música, de los conciertos, de las playas, de las palomitas de cine, de las comidas familiares, las fiestas, las discotecas, las charlas entre amigos, los reencuentros, el nacimiento de una sobrina, las despedidas, los cafés, los mensajes, las personas que han entrado o salido de mi vida, las relaciones, los descubrimientos... Tras cada uno de los aromas de un verano como otro cualquiera, pervivía siempre ese olor al final. 
El final de un tiempo. El final de una larga etapa de mi vida. Ese final que se rubricará con el final de un ciclo. 

Y al final, siempre se dedica uno a pensar en lo que ha sido, a fantasear con lo que tal vez sea... y a olvidar lo que es. 
Al final, pienso. 

El sueño, aquel sueño hace tanto tiempo imaginado, se acerca. No me refiero tan solo a la posibilidad de publicar mis novelas, o ver cómo se ruedan los guiones de cine que escribo, o a conseguir un contrato con un editor o una publicación. Me refiero al sueño de volar, lejos, y empezar una vida de cero. Una vida mía, según mis normas y sobre todo, alejada de las máscaras y los disfraces que he utilizado durante estos años. Ahora que el mundo conoce mi verdad, todo es tan raro por aquí y se hace tan difícil a veces separar la realidad de la ficción... Lejos, muy lejos, podré ser yo sin temores. 

Ha sido un verano musicalmente duro. A los ocho años, un día como el de mañana, pedí a mis padres que me apuntasen en la escuela de música porque yo quería sentarme en el escenario en el que mañana me sentaré, con algún instrumento, a tocar conciertos. Parece que fue ayer cuando dije aquellas palabras, y parece que fue ayer cuando me senté en aquel escenario por primera vez, y toqué mi primer concierto. 
Han sido sin embargo, muchos años invertidos en la banda, muchos años de experiencias, de amigos, de confidencias, de música. Casi trece años, si mi memoria no me falla, más si contamos los años previos de formación. Y en trece años, una vida. Una vida de alegrías, de risas, de fiestas y recuerdos imborrables. Una vida en la que hubo altibajos y auténticas depresiones, pero eso es la vida... dicen. He pasado momentos en los que desearía no haberme sentado nunca en aquel escenario, y otros en los que me he sentido increíblemente afortunado por haber sentido el flechado de la música. Allí, sobre el escenario, residen amores y amistades, profesores de los que he aprendido más que música, más que vida. Allí hay casi hermanos y hermanas, almas gemelas algunos y algunas. 
También allí residen aquellos que supieron, casi antes que nadie, mi verdad. Por ellos me he sentido querido, realizado. Y aunque hubo momentos difíciles, respirar el final de una época tan larga y fructífera de mi vida se hace duro, y no dejo de pensar que quizás aunque esté lejos, quizás aunque todo salga bien y el final sea también su final para mi, va a ser duro, muy duro... y en el fondo, lejos o cerca, fuera o dentro, la música de esos maestros que han sido, de los que aún son y de los que pronto serán, sonará siempre en mis oídos recordándome que he sido, que todavía soy, y que de algún modo atemporal siempre seré. 

Me he puesto melancólico al pensar en los finales que aún no han llegado, pero que se acercan lentamente. 

Me doy cuenta de que, en este verano de olor tan extraño y sentimientos encontrados, me he equivocado muchas veces de estrategia. 
Saber que es un verano irrepetible, que tal vez el próximo sea completamente diferente en tiempo y lugar, me ha llevado a sentir cosas que no sentía desde hace mucho tiempo, si es que alguna vez las he sentido. Y por hacerlo más fácil he intentado construir barreras y alejarme de todo y de todos. He puesto distancia entre aquellos amigos a los que tanto quiero. He dejado llamadas sin contestar, mensajes olvidados, palabras sin decir y momentos que ya se han perdido en el olvido de la memoria. 
Para hacerlo fácil. Algo imposible. 

Pero no importa. 

Aún cuando huela a finales, todavía quedan meses de posibles principios, meses de continuidad, meses del aquí y el ahora, con el mañana a la vuelta de la esquina y el pasado a la espalda... pero sin importancia. Hoy. Mañana. Un año. 
A un año de un final y un inicio, pienso mucho. Y aunque ese final definitivo y extraño se acerca, aún estando tan lejano... hoy no pongo un punto cualquiera al verano de 2011... sino que pongo un punto y aparte. 

Y en este punto, toca saltar de nuevo... a la aventura de un año muy intenso e importante por vivir. 

16 de septiembre de 2011

Perfecto

Así soy. Perfecto. 
No me falta nada de lo que quieres. Nada de lo que quieres que tenga. Poseo todo aquello que siempre has anhelado en el hombre de tus sueños. No tengo ninguno de los defectos que temes en el hombre que debe adueñarse de tu corazón. 
Soy el protagonista de tus sueños, tanto de los más tiernos como de los más húmedos y apasionados. En el mundo onírico te he salvado de tus pesadillas, te he llevado a mundos diferentes con solo besar tus labios, rozar tus cabellos, acariciar tu piel con mi cálida mano. 
Si lo piensas, ese soy yo. 
El hombre al que deseas a tu lado para toda tu vida. El hombre al que deseas presentar a tu familia. El padre de tus hipotéticos hijos. El esposo que te cuidará, regalándote rosas, sorprendiéndote con detalles inesperados tan solo porque se siente afortunado de tenerte en la misma medida en que tú sientes la fortuna de poseerme. 
Soy el perfecto caballero que te invita a románticas cenas y largos paseos, a fines de semana en la playa, masajes sobre la arena y cálidos besos. El que se arrodilla ante ti para pedir tu mano, para que seamos uno, para siempre. Soy el que te toma de la mano por la calle, el que te protege en las películas de terror y enjuaga tus lágrimas derramadas ante una película dramática. Soy el que cocina, el que degusta tus platos, y te agradece día tras día tu sola existencia.
Pero también soy el hombre apasionado que te besa con violencia, que te acaricia, te muerde y te pellizca, que se siente único al tenerte entre sus brazos y consigue que todo tu cuerpo se estremezca con un susurro. Soy el que recorre tu cuerpo con un cubito de hielo, el que derrama aceites por tus pectorales para acariciarlos mientras te relajas, el que se tumba sobre ti y sueña con seguir tumbándose en tu cuerpo. 
Perfecto.
Aquello que has soñado, acaba de personificarse ante ti. La perfección más absoluta. 
Y en mitad de esa perfección, un solo defecto. Una tara apenas visible que sin embargo,desmorona el castillo de cristal donde pudimos ser eternamente felices. 
Quizás, en verdad, sea el hombre perfecto con el que siempre has soñado. Y sin embargo, insistes en dirigirte una y otra vez a la imperfección. Pasas de largo ante mí, cada día, sin siquiera pararte a pensar en que estoy aquí, mirándote a hurtadillas, soñándote, sabiendo que nuestro destino es el mismo aunque te afanes en huir de él. 
Mi tara es la distancia, la invisibilidad de ser perfecto en un mundo lleno de imperfecciones. 
¿Acaso no es una imperfección manifiesta, el que siempre terminemos con seres imperfectos cuando nuestra meta más alta es la perfección segura de aquel que siempre nos ha amado, secretamente o a viva voz?

No soy perfecto. No soy hermoso, ni tengo un cuerpo que invite a la lujuria. Soy alto, quizás demasiado. Soy bajo, tal vez en exceso. Soy gordo, tanto que te doy asco. O demasiado delgado, hasta darte grima y causarte un estupor que no tiene nombre. Visto demasiado informal y sin gusto, un pecado. O tal vez mis ropas sean demasiado formales y pienses que soy pijo. 
Quizás el único error entre mi supuesta perfección sea, simplemente, ser un hombre. Enamorado de otro hombre. Que ama a una mujer.
O ser un hombre, que ama un hombre, que ama a otro hombre. 
O ser lo que soy, en secreto, mientras intento jugar al juego de la vida disfrazado de chico bueno. 
No soy perfecto, porque no soy quien soy. Soy quien se espera que sea. A veces. 
He salido del armario, a veces. Me he sentido orgulloso, a veces. He sonreído y sentido felicidad, a veces. Pero otras veces, cuando la perfección se esfuma entre nubes de tormenta y desiertos áridos de polvo y sequía, siento la imperfección del mundo que me rodea ahogándome entre mis defectos. 

Soy perfecto, porque he aceptado que no existe la perfección.


Imagen: Neil Patrick Harris, quizás el hombre perfecto... para mí :P

14 de septiembre de 2011

Cuento Macabro

 Una sola lágrima corriendo por tu cuello, derramándose lentamente hacia los abismos de tu pecho, cayendo por tus pectorales, tus abdominales, más allá de tu ombligo, hasta encontrarse con el descuidado bosque del vello de tu sexo. Una simple lágrima de sangre que tiñe tu piel pálida, que me invita a lamerte el cuerpo cuya vida se agota, recorriendo cada centímetro con mi lengua envenenada mientras aspiro el embriagador aroma que a ti me atrajo... Es hermoso, si lo piensas...


Voy a contaros un cuento, pero no un cuento al uso, sino uno en esencia verdadero. Un cuento sin finales felices. Una historia de hombres, donde las mujeres no tienen cabida. Las princesas, relegadas a dormir su sueño, mientras ellos, caballeros de vida agitada, viven las noches del vicio y la depravación más infame. 
El protagonista de este cuento macabro no es un príncipe apuesto, de ondulados cabellos dorados, sino un duque o tal vez un conde, de cabellos negros como la muerte, con un rostro de cera por ángeles caídos cincelado. Ojos almendrados y fríos posee, nariz fina y afilada, labios carnosos y envenenados.
Su cuerpo es el cuerpo mismo del pecado, sus manos son armas de cristal velado.
Su uniforme no es azul, sino negro. Un traje de elegancia que cubre sus músculos y secretos y oculta a ojos del mundo una realidad temible. Su nombre, perdido en el tiempo, bien podría ser mi nombre. Sí, por mi mismo nombre llamaremos a este ser del mundo real. Tal vez, tan solo quizás, su historia sea la mía.
Damián no es protagonista de cuento, no de esos cuentos que uno contaría a sus hijos antes de dormir. Pues en el cuento que ahora os estoy contando, Damián es un caballero de tinieblas ornado. Su reino es la tortura, el dolor y la desdicha. En sus manos no porta un cetro de oro y piedras preciosas, sino dagas afiladas y espadas legendarias. No viste azul, porque el azul, porque no es un príncipe ni es perfecto. El negro es más sufrido... menos evidente, más discreto. 
El caballero de tinieblas ornado tampoco busca una princesa de cuento. No busca una dama de refinadas costumbres y altos tacones, y vestidos de ensueño imposibles de fabricar. No busca pendientes brillantes ni joyas, ni carruajes y fiestas. El caballero que lleva mi nombre busca los cuerpo de príncipes varoniles y caballeros apuestos. Hombres, como él.
Si buscase la perfección nunca la encontraría, pues el mundo es imperfecto y he ahí la gracia del vivir.
Armado hasta los dientes con su propia realidad, cubierto por una invisible armadura, el caballero tenebroso se mueve entre las alimañas del mundo y vive, ajeno a todo lo demás, una vida insaciable y dura.

Yo, príncipe de las tinieblas. Yo, maestro brujo hacedor de maldiciones, cuyas malas artes producen venenos desconocidos... Yo, Damián, os digo que ante mí os postraréis. Bajo mi mano de hierro gobernaré vuestras tierras, y si contra mí os alzareis, no os quepa duda, pereceréis. Las sombras son mis aliadas. Los cuervos, mis mascotas. Bajo mi férrea mirada, la vida muere y la muerte vive. Así sea. Buscaré un príncipe, uno que sea mío, y así ha de ser...

¡Oh, tú, príncipe idiota, descerebrado absurdo de efímera belleza! Ven a mí... Voy a seducirte, caballero. Voy a camelar tus sentidos, a enamorarte de mí, a conseguir que no duermas sin soñarme, que no hables sin nombrarme, que no beses sin besarme... voy a hacer que tu vida sea mía, que cada latido de tu corazón me pertenezca, que cada fibra de tu cuerpo lleve mi nombre tatuado en fuego.
Logrado mi cometido, alcanzado el éxito de mi plan, llegará la hora de terminar la faena, y una vez seas mío, y una vez tu vida sea mía, tomaré entre mis manos la daga de plata del dolor y mientras seamos uno, unidos por la gracia del sexo y la lujuria pasional de los hombres amándose, fundidos nuestros cuerpos... tus ojos cerrados en un gemido de placentera dicha, clavaré su afilada hoja en tu pecho, y derramaré tu sangre sobre mis manos, sobre mi cuerpo, y beberé tu vida mientras la pierdes a borbotones sin dejar de gemir. Tu sangre en mi sangre, tu vida escurriéndose entre mis dedos. 
Y una vez muerto, seré yo y solo yo, y podré sentirme vivo de nuevo. Y vivo, más allá de tu cadáver sobre mi cama y tu sangre sobre mi pecho, buscaré un nuevo amante, al que haré mío sobre tus restos, al que haré mío y solo mío, y llegado el momento, volveré a beber de él, como de ti habré bebido. Y me volveré solitario, huraño... e inmortal.
Los príncipes muertos cantarán un réquiem a aquellos que llegan para aumentar su coro. El príncipe solitario, en las tinieblas rey, aceptó su locura y siguió matando, bebiendo sangre, planeando venganzas y creando venenos. Bebiendo sangre, amando a los hombres, devorándolos, haciéndolos perecer en una danza orgiástica de sudor y semen. Y sangre, siempre sangre...
Copas de sangre a mi mesa. En mis mazmorras, cuerpos sin vida. En la medianoche de luna llena, gritos de ausencia y trémulas miradas a los cielos de cristalina negrura. Y solo en su castillo, vive el caballero sin finales felices... y sin final.


Imagen: fotograma de la serie de tv "Dante's Cove"

13 de septiembre de 2011

La Puta Vida

Quiero ser lo que soy, aún cuando serlo no sea lo que quiero. 
¿Tiene sentido lo que escribo? ¿Encuentra alguien lógica alguna en cuanto hablan mis dedos sobre el teclado? 
A veces pudiera parecer que lo absurdo se torna en cotidiano... 
Vivo disfrazado de irrealidad, vestido de mentiras, tocado por la oscuridad sombría del alma en pena y el espíritu errante. Mi vida sin ser la mía, sin ser la vida que debo vivir, por ser la vida que me ha tocado, me pertenece... mía, vida mía, mi vida. 
Siempre a merced de los deseos y las inquietudes de cuantos me rodean. Nunca soy yo, nunca siento, ni hablo, ni miro, ni pienso, ni deseo, ni anhelo, ni beso, ni acaricio, o digo, juzgo, hago y olvido... a mi manera. Nunca yo. Siempre ellos. 
Lágrimas. Vacías lágrimas de sudor y pena, de autocompasión, frustradas expectativas derramándose por mis ojos y cayendo ausentes por mis mejillas. 
La vida es un asco. Una mierda. Una puta sedienta, de carnes mortificadas y prietas, de muertes y tempestades aderezadas por la desvanecida idea de lo que debiera ser la felicidad. Humo entre los dedos, agua bajo el sol en el desierto. 
Quién en su sano juicio querría vivir, pudiendo estar muerto. Quién elegiría sufrir, pudiendo estar dormido en el tiempo... Blancanieves en su ataúd de cristal, aguardando un príncipe azul cuyas ropas, así es la vida, han desteñido bajo las nalgas sifilíticas de cuanta ramera encuentra en su camino. Quién querría... 
Me arde en los labios la mentira de vivir la vivida. La puta vida. 

En los albores del tiempo un hombre de manos torpes dibujó senderos. En los albores del mundo, llenó esos senderos de afiladas piedras, barnizando con venenos sus aristas. Qué maldad. 
Estoy muerto, soy un cadáver, putrefacto bajo las aguas de un lago de lodo verde y musgo. Las alimañas me acarician con sus resbaladizas pieles y muy pronto los carroñeros me devorarán. En su ataúd de cristal roto, la princesa del bosque sigue durmiendo. Menuda idiota. 

Mentir.
Llorar.
Sufrir. 

Nunca pensé que diría... ni que pensaría... ni que desearía... 
Más hoy lo digo... hoy, lo pienso... hoy, más que nunca, lo deseo... 

El mundo es un lugar cruel, donde solo aquellos que juegan sucio consiguen avanzar. Pisar cabezas, degollar gargantas, arrasar los cuerpos, destrozar las armas, partir los corazones. Vístete de negro, bebe una humeante copa de pura maldad, y cierra tu corazón en un baúl de siete cerraduras y ninguna llave. Sonríe, sonríe aunque lo que en verdad desees sea dar golpes, arañar pieles, beber sangre. Finge ser como se supone que quieren que seas. Y qué más da, si has vivido veintiséis años de mentiras. Y qué, si a nadie le importa, si todo se cae, si los pilares del mundo se derrumban. ¿Acaso importa? 
Maldad. Es la receta, la solución a tu problema. El remedio para vivir la puta vida, pues en el mundo oscuro, donde la ley es que no hay leyes, todo vale y vale todo. Y solo ganan, escúchame con atención, aquellos que nada tienen que perder. 

Trágate tus lágrimas de veneno, escóndete tras una máscara de aparente felicidad y piensa, adormecido, en el siguiente paso que vas a dar. 

*

La puta vida.
Y ya estoy harto.

10 de septiembre de 2011

Historia Triste del Mantón que Teje Manuela


Ilustración de Tamarindo Conde

Teje la sabia y vieja Manuela un mantón que nunca termina. Así lleva diez años, hilando, cosiendo y luego remendando. Nunca se acaba el hilo, nunca parece cansada de un trabajo que no tiene fin. Lleva diez años tramando los hilos y el mantón apenas ha crecido: sigue siendo un simple y mustio retal, un poco más lleno de polvo, un poquito descolorido.
Comenzó la vieja su tejer cuando su pequeño se fue a la guerra. Lo llamaron en una fría mañana de invierno, cuando la niebla no permitía ver más allá de la puerta. Aún no habían comido cuando el hijo, que rozaba ya los treinta años, partió. Y aquella tarde, mientras su marido lloraba en silencio, comenzó su larga labor la mujer, triste y sola. Con una madeja de vieja lana raída y dos agujas de tricotar empezó Manuela el trabajo.
Manuela Figueroa había parido seis hijos y ninguno, excepto el pequeño, quedaba ya con vida. Unos, muertos al nacer. Otros se los habían llevado la peste y la enfermedad, cuando no el hambre. Solo había llorado con la muerte de los tres primeros. Los demás apenas los había querido, aunque el amor de madre siempre sea inmenso. Tampoco quería demasiado a Romero, el militar.
-Llevas a una criatura en tu vientre, sufres y lloras sangre al parirlos… y luego, sin miramientos, se van. –decía Manuela con terquedad–. Me importa bien poco que se los lleve la muerte o la guerra. El caso, digo yo, es que me dejan sola todos ellos. Parir hijos… ¡que los paran las ricas, ellas que pueden!
Y lo dijo al tercero. Pero parió otros tres. Y los tres la dejaron.

Diez años lleva tejiendo un mantón para Romero. Espera que con él, su pequeño pueda cobijarse del frío. Mas el frío que Romero siente no es fácil de evitar, pues allí donde él duerme no hay ni mantones ni almohadas, ni colchón ni sábanas. Allí, bajo tierra, solo hay húmeda y triste oscuridad, pues aunque la vieja no quiera saberlo (aunque lo sabe), su último hijo murió en batalla solo una semana antes de que fuera firmada la paz. Fallecido, perdido en la brillante oscuridad de los misiles y las balas que le arrebataron su joven vida.
Murió sin necesidad en medio de una guerra absurda, como lo son todas las guerras. A él lo llamaron y acudió en ayuda de su patria que mezquinamente, olvidó su nombre como Manuela nunca lo ha de olvidar.

-¿Para quién tejes, Manuela? –pregunta una vecina chismosa.
-Tejo para vencer el frío –responde la anciana con rostro ceñudo–. Trenzo los hilos del mantón para mi Romerito lindo, que vendrá muy pronto de la guerra. Y si no viene, cruzaré la montaña yo sola y le llevare la manta al frente, no vaya a coger frío.
-Pero Manuela, la guerra hace años que terminó –le dicen otras vecinas–. Y tu hijo ya regresó, Dios lo tenga en su Gloria.
-Acabaría la guerra, no digo que no –responde despreocupada–. Pero mi Romerito no ha venido, no me toméis por tonta. Sigue su habitación vacía y en su armario no están las ropas de militar. Además, mi Romero hermoso nunca olvida darle un beso a su madre, que tanto lo quiere.
Manuela Figueroa urde el mantón inacabado como una araña tejiendo su red. Muertos los hijos, muerto luego el padre y hombre, Manuela sigue tejiendo y nunca se cansará de tejer. Trenzó los hilos en los entierros y aún en su sepultura llevara consigo la inacabada manta y la aguja.
“Un muerto tiene que llevarse algo a la tumba con que disfrutar en el más allá, lo decían los ancestros, no lo digo yo”.
Manuela Figueroa, que aún sobrevive en su casita en pleno bosque, aún no ha terminado el mantón.
Muy pronto, seguro, dormirá con él, bien abrigada. El mantón no crece. El mantón tiene el mismo tamaño con el que comenzó a tejerlo. ¿Y qué más da? Mientras duren la lana y su locura seguirá tejiendo… o insistiendo en tejer. Y cuando el destino corte los hilos y el mantón caiga al suelo con el polvo acumulado, Manuela habrá terminado su labor en el mundo, que no ha sido para ella más que un eterno sufrir. Perdidos los hijos, perdido el marido, ya solo le queda un placer en la vida y una alegría: el tejer con los ojos pequeños y la vista menguante.
Manuela no teje un mantón. Manuela, inconsciente, teje un triste final. 


Relato publicado en "El Correo Gallego" en el año 2007

9 de septiembre de 2011

¡Oh, amor!

¡Oh, amor!
Qué difícil de mirar, el sol cuando refleja, arrancando destellos de los cabellos dorados de aquel hermoso caballero que fuera dueño de mis amores. Qué delicado aroma, el jardín que mi hogar rodea. Pétalos de rosa y azahar en el colchón mullido de mi alcoba, esencia de vainilla y fresa en el agua que limpia mi cuerpo, violetas en tu cabello y un perfume que no identifico pero que huele a ti.
Bribón te llamaría si fueses mío. Y aún sin serlo no podría, pues pasión me recorre la venas tan solo con pensar en ti.
¡Oh, tú!
Eres hombre misterioso, de magnetismo y dulzura. Azúcar derretido y miel, en los labios que no me besan. En tus ojos, despistados, brilla la chispa de la misma vida y siento, tan solo con recordarlos, que vive en mí una llama imperecedera.
De tus dedos varoniles brotaron polvos de pura magia, te creí brujo siendo yo tu embrujado, por ello danzamos bajo una luna invisible, que era llena aún sin serlo. Nos rodeaba el halo de los secretos, nos mecía el viento de la fortuna, acariciándonos desnudos en la desnuda piedra donde clavada estaba la espada virgen de aquel destino que no conozco, pero que es mío y tuyo, nuestro.
¡Oh, amor!
Es tu voz la sonata de un romance sin final. Es tu canto el clarín de mis desvelos, trompetas de plata en mis oídos cada vez que escucho tus palabras.  Tu voz, la música que me relaja, que me procura la paz del alma y la tranquilidad de los sentidos. Tu voz que me habla en sueños, que me susurra entre los violines de una balada cantada en la noche fresca y el día agotado por la luz de un sol emergente. Tú, quien susurra entre la espuma de una playa perdida en el paraíso mismo de la vida.
El romance de un trovador se torna narración de mis desvelos. Él, que cantare estrofas de gran belleza ante reyes, condes y duquesas. Él, que narrara los sentimientos de mil amantes desvelados por el infortunio de sus amores... Su cuerpo tiempo ha, fenecido. Su alma, inmortal, susurrando romances a oídos de quienes aman, de los que no puedan amar. De los que ansían, sin efecto. Cupido de afiladas flechas que hallara mi corazón baldío y mi fortaleza en horas bajas, que me prendó con sus promesas de una vida feliz y un tesoro perdido en mis manos.
Perderme podría en la fuerza de tus brazos, acurrucado en tu torso de héroe, besado por tus labios de barba vestidos, ahogarme en tu mirada y sentirme afortunado por sentir muy cerca la virilidad del hombre que me hace suyo en la noche fría, que me hace suyo sin tocarme y al hacerlo, me arrastra consigo al mismo cielo. Sobrevolaría el mundo hasta la más alta cumbre, abandonaría cuanto soy por llevarte conmigo a la más desierta de las islas. Allí, sobre la arena mojada y bajo el rey de los cielos, desnudos nuestros cuerpos bañados por la creciente marea, sería tuyo como tú eres mío. Y al terminar la hazaña de amarse en secreto te ornaría con rosas vírgenes y de beber, te daría los jugos inmortales de cuanto es.
Me llamaron romántico cuando soñé con ser tuyo, que tú eras mío. Me llamaron romántico cuando compré una rosa de vil belleza, y una botella de vino para regar tu cuerpo con perfume y jugo de Dioses.
Me llamaron romántico cuando, en la flor de mi secreto, clamé a los vientos el amor que por ti sentía. Y por ti, nadie más que tú, salir al mundo con la cabeza bien alta y las manos trémulas, sabiendo que el romance se deshace como el hielo bajo el sol, se desvirtúa como el humo en la brisa salada del mar.
¡Oh, amor!
Podría susurrarte palabras que carecen de sentido, preñadas por el sentimiento más antiguo. Escrito en un cielo de estrellas cautivo, tu nombre me guía y me pierde.
Y en las noches sin luna ni estrellas, cuando podría vencerme la desidia de no verte, de no saberte, amor... me refugio en el recuerdo y pienso, que tal vez será posible que tú, amor, me encuentres al fin, desnudo sobre mi cama, y entres en mí sin secretos ni mentiras... y por fin, unidos en un solo cuerpo, podamos vivir del romance y las sonatas de un trovador de apagada voz y ancho corazón de oro.
Vivir sin amar, no es vida. Y yo, te amo, amor. Te amo.

8 de septiembre de 2011

Bajo el Farol Rojo, en la Calle de las Tentaciones (Versión Ampliada e Ilustrada)

Ilustración by Tamarindo


 La conocí en una fría noche mientras el mundo se convulsionaba en su propia autodestrucción. Ella me narró su historia con palabras afiladas y una voz frívola.
Sola estaba porque nadie la quería, y sin querer...

Caminaba siempre sola, perdidos sus pasos entre callejones maltrechos y plazas infestadas, ataviada apenas con su propia vergüenza, sus cabellos de fuego inflamados por el viento traicionero, que convierte en polvo y deshace los harapos de sus ropas.
No es tristeza lo que oscurece su rostro ausente, pálido y con apenas vida, no son lágrimas aquello que humedece la piel de sus mejillas, arrancando apagados destellos a sus ojos cenicientos. No es un suspiro melancólico el que mece sus senos turgentes, ceñidos por un corsé con hilos de sangre tejido.
El faldón de su vestido es de tul transparente, y enseña más de lo que sugiere, pues la mujer a solas perdida no es dama de pureza intacta y elegantes noches de salón, sino que sus entrañas han sido preñadas de infidelidad y pecado, de lujuria y venenosa pasión animal.
En la desidia de su propia fortuna, la mujer alcanza su destino.

Podría parecer ausente, pero tan solo era invisible para la humanidad.

En la calle de las tentaciones vive una mujer para todos misteriosa, por nadie conocida, aunque siempre buscada. No es una mujer hermosa, no habiendo otra más hermosa que ella. Vacíos ojos de inescrutable profundidad, carnosos labios de mentiras y perdición, afiladas uñas que arañaban la vida... Rojo su corazón ardiente, y su sangre, caliente como lava, llenándola de un calor jamás sofocado.
La mujer vivía sola, alejada de la misma vida, y tan sólo muy de vez en cuando se rendía a sus instintos y buscaba el contacto, puramente carnal, de aquellos que siempre la buscaban, idolatrándola.
Bajo el farol rojo, en la esquina prohibida de la calle de las tentaciones, la ramera de apretadas ingles aguardaba paciente la llegada de sus concubinos, y con ellos, en el oscuro secreto de la noche fría, retozaba entre maldiciones y gemidos, dejándose querer.
Los gritos de su carne, el fuego de su sexo, el temblor de sus manos... perlada su frente por el mismo rubor que decolora sus mejillas.
Allí, con los muslos heridos, sudoroso su cuerpo, se dejaba fornicar por aquellos que osaban querer poseerla. Aquellos que, sin saberlo, firmaban el pacto negro de su propio funeral. Bajo el farol rojo en la calle de las Tentaciones mora el diablo con cuerpo de mujer.
La ramera gritaba en lenguas tiempo atrás olvidadas, los hombres gozaban... y el equilibrio de un universo en constante agitación se renovaba una vez más cuando se derramaban los flujos de la vida y se corría la ponzoña de la misma muerte. Ella se cobraba su presa, recibía la semilla de la nueva vida... y desaparecía, paciente, hasta el momento de retornar.
Y una vez más, todos y cada uno de los días, bajo el farol rojo esperaba la ramera.
Ningún hombre desea encontrarse con ella, pero todos ansían hallarla. La ramera de rojo vestida ejercía de anfitriona en las fiestas del pecado y la depravación. Y vestida de lujo, con el aura renovada por su delito y su ritual, dejaba las ropas rojas en el suelo de la vida.
Y la ramera antes maldita, ejecutaba los planes de una realidad desconocida.

***

Una noche la historia cambió.
A la luz de la luna llena, la ramera ausente encontró al caballero al que había buscado en la eternidad de un suspiro. Un hombre apuesto como ningún otro, con océanos en los ojos y un paraíso en su corazón, armado en silencio con una armadura de acero frío. El caballero defendía su vida con ahínco, armándose de valor con la espada empuñada.
-Caerás - silbaba ella con su lengua de serpiente.
-No será así -retaba el caballero.
Lucharon ferozmente, la ramera danzando, el caballero lanzando estocadas de precisa mortalidad. Mas ninguno de los dos desfallecía, ninguno quería rendirse, ninguno parecía dispuesto a morir. Era la vida por vivir, y la mortandad de la muerte, era el manto del sueño y el agua fría del despertar.
Y en la distancia de un sueño, ambos se abalanzaban el uno sobre el otro. La danza era su sexo, la espada, su masculinidad. Y en las alcobas secretas de un mundo perdido, el Destino caballeroso y la Distancia retozaban, sin importar el equilibrio de un mundo que se corroe o los efectos devastadores del aleteo de una mariposa sobre su jardín del pecado.
Al alba, cada uno despertaba en un rincón de su propio mundo. Y así, ajenos, continuaban su particular lucha, deshaciendo en secreto los hechizos de los humanos que, inocentes, nunca dejan de luchar.

Y cada noche la ramera espera, bajo el farol rojo de la calle de las tentaciones, que su historia vacía encuentre un pronto final.

7 de septiembre de 2011

Relatos con Misterio - Archivos Secretos 003

NOTA SOBRE LOS ARCHIVOS: Los cuatro breves relatos que comparto en esta ocasión fueron creados para un proyecto radiofónico que no llegó a materializarse. Eran textos destinados a un juego en el cual los oyentes debían averiguar el misterio de cada una de esas historias, la explicación de lo que había sucedido en cada situación de las mencionadas. He decidido publicar los cuatro relatos, sin las soluciones, como un pequeño juego... incompleto. ¿Os atrevéis a seguir las pistas y aventurar las cuatro soluciones a la pregunta ¿Qué pasó? 


~        LA CARTA:

Apareció de la nada, todo un misterio… No había remitente en el sobre, tampoco firma en la carta. Ana leyó la fecha, que indicaba que aquellas palabras habían sido escritas el día anterior. Era una carta de amor. En el buzón había encontrado aquel pequeño sobre blanco con su dirección escrita en una caligrafía desordenada y trémula. No encontró nada más, ni siquiera folletos de publicidad o facturas. Tan solo aquella misteriosa carta. No tardó en averiguar que su escritor la había entregado personalmente. No tenía que ser extraordinariamente inteligente para descubrirlo.

~        EL INTRUSO:

Cuando escuchó ruidos en el piso inferior, Laura supo que había un intruso en la casa. Vivía sola y no tenía mascotas. Acostada en la cama, aterrada, escuchaba los pasos de alguien que no se molestaba en pasar desapercibido. Laura buscó con la mirada un escondite. Estaba muy asustada, cuando se fijó en el armario. Salió de la cama pisando la gran alfombra que cubría todo el suelo, tiró de la puerta del armario empotrado con fuerza y se escondió. Pocos segundos después, el intruso accedió al dormitorio. No era un ladrón, sino un perturbado, un loco asesino armado con un cuchillo de carnicero. “¿Dónde estás?”, preguntó con maldad, sonriendo y girando sobre sí mismo. Apenas termino su rápida inspección al dormitorio, el intruso abrió la puerta del armario y encontró, aterrada, a Laura.

~        EL ESCRITOR:

El escritor tomó asiento frente a una hoja de papel en blanco. Aquella mañana se levantó de la cama lleno de inspiración y debía aprovecharla. Tomó del lapicero el único bolígrafo que había, preguntándose dónde habría metido todos los demás bolígrafos, los lápices, etc. y se preparó para dejar volar la mano sobre el papel, derramando la tinta, creando una historia. Suspiró. Apenas había garabateado la primera palabra se detuvo. No podía hacerlo. Era imposible. No pudo escribir nada.

~        LA PRESA:

El conejito blanco abandonó su madriguera en busca de alimento. El bosque estaba muy tranquilo, pero el conejo permanecía muy atento a cualquier ruido o movimiento, porque uno nunca sabe cuándo puede encontrarse con algún carnívoro hambriento. Se alejó de la entrada de su madriguera con pequeños brincos y no se detuvo hasta que no escuchó aquel inquietante sonido. Una rama se había quebrado muy cerca bajo el peso de algún animal. El conejo se sintió acechado y busco desesperado algún escondite, pero no encontró ninguno. El depredador rugía al sentir cerca su presa. Avanzaba veloz hacia el conejo, abriendo las fauces llenas de colmillos. Un sonido seco retumbó en la quietud del bosque ahuyentando a algunos pájaros de las ramas cercanas. El depredador había desaparecido, pero conejo blanco ya estaba muerto.

6 de septiembre de 2011

Sonrisas dibujadas

"Y es que me encuentro tan bien 
que no te lo creerías... 
Pudiera parecer que hay algo que me guía..."

Ilustración by Tamarindo Conde
¿Tienes tiempo suficiente para someterte a una locura? Para ver el mundo con otros ojos, para sentir que flotas sobre la superficie del planeta, observándolo todo. ¿Tienes tiempo? ¿O acaso vives sin vivir, obsesionado con tu propia vida, que por ello ni vida es? 
Toma en tus manos el pincel de la existencia y colócate ante el lienzo de la pura verdad. Recuerda que cuanto en él dibujes será real en el futuro, y tal vez en tu dibujo encuentres el camino hacia tu destino. ¿Qué vas a dibujar? 
Hazte una coleta si tienes el cabello largo, ponte una boina francesa si sientes que así te conviertes en un artista de los círculos bohemios. Ponte ropas holgadas y maneja el pincel como si de una varita se tratase. Al fin y al cabo, ¿no es magia hacer arte de un lienzo en blanco? ¿Vas a trabajar de pie, o preferirás sentarte? Piénsalo bien, porque vas a dibujar tu propia vida y es importante la comodidad. 
Y ahora, asegúrate de tenerlo todo a mano. Cierra los ojos, tan solo un segundo. Respira, con calma. Siente el mundo alejándose. Flotas en la nada blanca del lienzo que vas a teñir con tus pensamientos... y mojando el pincel en la pintura de tu vida, simplemente deja que todo fluya a tu alrededor. 

Yo pintaré una sonrisa en el rostro que desde el lienzo vacío me mira. Dibujaré una sonrisa en ese rostro que de otro modo estaría serio y triste. Debe sonreír, porque es la vida, y la vida debería estar llena de sonrisas. 
Vaya.
Con la sonrisa pudiera parecer que el personaje que soy yo, pero no soy yo en ningún sentido, sale del lienzo y me mira, con unos ojos que son los míos, verdes, pero que no son verdes ni por asomo. Y la sonrisa perfecta, que es mi sonrisa aún cuando la mía no es perfecta, para nada. Acerca su mano, que es la mía sin serlo, a mi rostro, que es mi rostro porque soy yo quien está pintando esa mano mía acercándose a mi rostro. Me acaricia la mejilla, mi mejilla, en una caricia de pintura fresca y olor a tinta. 
Le pintaré un cuerpo por un traje negro cubierto, con una corbata de fantasía y una camisa de blanco inmaculado. Qué bello se ve, aquel que debiera ser yo pero que lentamente se distancia de mí. Su mano en mi mejilla, mi mano en su cintura. Y con él dentro de su lienzo y yo pintando sin pintar, danzamos por el umbral de la vida pensando aún sin pensar. 
¿Acaso pinta el escritor? ¿Acaso escribe quien dibuja?

En el lienzo de una vida nueva he dibujado una sonrisa. Quizás no tan ancha como el mismo cielo, ni tan profunda como los abismos del tiempo, ni tan hermosa como el rocío de una mañana fresca sobre los tiernos pétalos de la más perfecta de las rosas... pero es una sonrisa dibujada en el rostro que nunca sonríe. 
Colocaré el lienzo de sonrisas cuajado a los pies de mi cama, y al amanecer, cuando un rayo furtivo de un sol que se torna inexistente, rompa la oscuridad del sueño y la noche de mi dormitorio, observaré las sonrisas dibujadas en el tiempo y pensaré, sonriendo, que el mundo es más hermoso cuanto más hermoso queremos verlo. 
Y asomándome al sol, bañada mi piel por la calidez de sus caricias... viviré.

Yo lo se, ¿lo sabes tú?

Ayer el día estaba torcido. Me sobraba el aire, me sobraban las palabras, me sobraba la gente... habría querido desvanecerme en las turbias aguas del océano más oscuro y profundo, en las abisales tinieblas del mal y la soledad. Nada ni nadie conseguía calmar la desidia que me carcomía y si bien ciertas personas arrojaron un toque de luz, la vida seguía siendo negra. Tal vez sea yo, en el fondo, quien oscurece de forma continua una vida que no es tan horrible. Posiblemente sea yo quien trata de cavar más hondo, hundiendo la tierra bajo mis pies en un pozo que amenaza con derrumbarse sobre mí. 
Lo he pensado mucho... he dedicado parte de la noche a ocultarme entre las sábanas y, afligido por el insomnio, he tomado decisiones y aceptado conclusiones más dolorosas incluso que el propio dolor de sentirme ahogado y solo. 
Yo soy el responsable... de ser lo que soy.


Alguien me dijo que hay trenes que solo pasan una vez en la vida, y que si en esa única ocasión no consigues subirte, será una oportunidad perdida y un camino sellado. Alguien me dijo que el amor no espera, pero que  tampoco se marchita. Que hay que lanzarse al vacío, sin temores, esperando que exista una red de seguridad que frene la caída. 
Quizás lo más sincero que hoy puedo decir es que amo el amor. El amor lo mueve todo, lo cambia todo, y hace de la vida un camino en compañía y una aventura más hermosa. Quizás haya escogido mal mis opciones, o tal vez no encaje demasiado el amor romántico con la vida que me ha tocado vivir. Pero así son las cosas. 
Uno me dijo, una vez hace mucho tiempo, que son ganas de complicarme la vida. "Mas allá de tópicos, lo cierto es que los hombres somos  promiscuos, y aunque consigas a un hombre que te ame... él terminará buscando en otros cualquier pequeña cosa que tú no puedas o no quieras darle". Eso me dijo. 
Pero yo no lo creo. 
Lo hemos visto toda nuestra vida. Es cierto que existen divorcios, cada vez más... pero también es verdad que existen los amores perfectos, las parejas eternas. Yo lo veo cada día. Mis abuelos hace más de cincuenta años que están casados y siguen siendo un matrimonio feliz. Quizás no perfecto, pero, ¿quién aspira a la perfección? 

Amo el amor. Ansío cenas a la luz de las velas, camas bañadas en pétalos de rosa, largos baños contigo abrazándome y susurrándome baladas al oído, o palabras tiernas. Deseo largos abrazos y profundos besos, caricias que son solo caricias y miradas que dicen más que un millón de palabras. ¡Qué destino, ser romántico en un mundo donde el romance parece haber muerto! 

Antes preguntaba quién, en su sano juicio, buscaría la perfección. La perfección no es más que una utopía, un sueño, algo inalcanzable. ¿Pero, es así? 
Yo te conocí y supe que eras perfecto. La pieza que encajaba en el puzzle de mi vida. No hablo de una perfección tangible, ni siquiera de una perfección intangible e invisible. Hablo de una perfección que va más allá de lo posible y lo imposible, que no se limita al cuerpo físico, que no se atiene a las normas establecidas. Es una perfección basada en lo más primario del hombre, del hombre animal, que tan solo busca la perfección del espíritu y la certeza de que nada más desea y nada echa en falta, en ti. 
Te tuve, en cierto modo, a mi lado. Te quise, en secreto, pero con todas las fuerzas de un corazón a veces dañado por las circunstancias. Sin esos daños me habría lanzado al vacío esperando que tú me recogieses en tus brazos... pero no llegué a hacerlo, y cuando quise besarte te daba un abrazo, y muchas veces quise hablar y terminaba simplemente sonriendo. Quizás lo recuerdes, esos momentos en que parecía querer decir algo y terminaba diciendo que nada. 
Quise brindar con vino, y en su lugar brindé con café. Y en la última oportunidad, mientras sentía tus brazos rodeándome por última vez en mucho tiempo, quise acercar mis labios a los míos y derramar en un solo beso cada palabra nunca dicha, para que supieras siempre que mi corazón late por ti. Y al verte, por última vez en mucho tiempo, hube de sentarme en aquellos bancos de plástico y con mis manos en el rostro, lloré. 

Yo se por qué ya no quiero seguir adelante. Yo se por qué mi vida parece haberse congelado. Por qué ayer me sentía frágil e indefenso. 
Yo lo se... la cuestión es si tú lo sabes, si tú sabes que mi vida no continúa porque no estás aquí. Porque siento que lentamente desaparece tu rastro, porque te veo sin verte, porque... 
Yo lo se, ¿lo sabes tú?

5 de septiembre de 2011

Polvo al polvo


... porque en aquel lugar para otros lúgubre, todo es silencio y reposo. Allí nada importa, pues el tiempo se ha detenido para cuantos allí moran, inmersos en un sueño que no encuentra su final, que no es sueño, sino muerte. 
Allí soy quien soy, desnudo aún con las ropas puestas. Allí nadie juzga mis gafas de pasta, ese grano que ha aparecido bajo el ojo izquierdo, o los kilos de más que se han adherido a mi estómago y que se resisten a desaparecer. Allí no importa mi estupidez, mi timidez o mis ilusas ilusiones. 
Supongo que al estar muertos, poco les importan las banalidades absurdas de una vida que ha terminado, que en sus mentes muertas no caben tristezas ni miedos, ni vergüenzas y autoestimas hundidas y por los suelos. Sus almas inmortales han superado cada una de las pruebas del mundo carnal y viven, muertas, pero libres.
En el recogimiento de un bosque de cruces, entre lápidas frías y cirios quemados, encuentro una paz hasta entonces desconocida. ¿Y qué más da quien sea? ¿Acaso importa la desilusión?
Aquí solía deprimirme, pues en el ambiente se percibe la humedad de las lágrimas, derramadas por aquellos que han perdido a un ser querido. No saben que no lo han perdido, que aquí siguen, olvidados a veces, añorados en otras. Que la muerte no es un final, sino un paso mas en un camino oscuro y solitario. Nacemos solos y solos moriremos. El polvo al polvo.
Contemplo desde mi ventana un campo de hierba seca humedecido por las lluvias de la noche, y un sol avergonzado que arranca destellos en las gotas que, como diamantes, se esconden aquí y allá entre el follaje de un árbol lejano. En otro tiempo, cualquier otro día, una imagen como esta me arrancaría una sonrisa, maravillado por su belleza. Pero hoy, mi mente cuajada de muerte y oscuridad, tras un sueño agitado por temibles pesadillas...

Y la decepción que no tiene final, sino páginas y páginas de bazofias mal escritas. Eso es mi vida. Una decepción tras otra, una desilusión que continúa el círculo vicioso del dolor. Y yo, preguntando a solas y escondido la razón de todo esto, si es que existe alguna, pues a veces pienso que tal vez mi vida ha perdido toda razón. A veces imagino qué pasaría si soltase el hilo que me ata al mundo y comenzase a volar dando bandazos, zozobrante barco sin rumbo aparente en un mar de aguas turbias bajo un cielo velado por la niebla fría y el triste llanto de las nubes negras.
Me duele el alma. Me sangra el corazón. Y por momentos pienso que, pobre de mí, ya no fluye tinta en mis venas. Entonces siento una máscara sobre mi piel, y en esa máscara de olvidos hay algo que me quema y abrasa el rostro, desfigurando mis facciones en una mueca de desprecios y tristezas, de dolor.
Entonces me siento una farsa. Y eso contribuye a que todo parezca peor, a que las cosas sencillas se tornen complejas fórmulas indescifrables. Todo el mundo vive hasta la muerte... y sin embargo yo creo haber muerto antes de haber tenido vida.

En la tranquilidad reposada de un cementerio cualquiera me siento mejor que en cualquier otro lado. Allí nada importa, allí no hay juicios ni comentarios. No importan la piel ni la forma, ni el físico ni las ropas, ni las palabras ni los sentimientos. Pues allí solo hay el reposo de la muerte... y el silencio.

4 de septiembre de 2011

La Noche en que lo Mataron - Archivos Secretos 002


Un nuevo relato rescatado de mis Archivos Secretos...
Un pequeño relato, copiado y pegado aquí tal cuál había sido escrito (desconozco la fecha).

LA NOCHE EN QUE LO MATARON.

El filo aceroso de una navaja cortaba el viento la noche en que mataron a Nicolás.
En pleno mes de octubre, avanzado ya el otoño, los crímenes se amontonaban en la mesa del inspector de policía, un hombre rudo, fuerte y con cara de perro llamado Ramírez. La resolución de aquellos crímenes era sencilla: errores garrafales de los asesinos, huellas y documentación evidenciaban la respuesta a cada uno de los enigmas de los casos.
Aquel crimen, en cambio, era diferente.
Nicolás Garrido era un hombre decente: buen esposo, buen padre. Mantenía discretas relaciones con sus subordinados, siempre cordiales. Pese a la inmensa fortuna que amasaba tras los muros de su inquietante mansión no era un hombre huraño: cedía mensualmente grandes sumas de dinero a causas benéficas, apoyaba las iniciativas locales dirigidas a mejorar la vida de los más desfavorecidos… Nicolás Garrido no tenía enemigos reconocidos. Tal vez algún que otro individuo le tuviese envidia pero era imposible odiarle. Y si no era imposible, era realmente difícil.
Aquella noche, el inspector Ramírez se había acostado temprano. Su mujer estaba de vacaciones en casa de su hermana viuda, en Suiza. En la soledad fría de la noche, sentía inquietud. Luego pensó que aquella extraña sensación que lo había acompañado durante todo el día era un aviso, una especie de premonición. Cuando el teléfono lo despertó a las cinco de la mañana, supo que algo grave había sucedido.
Salió de casa diez minutos después con el estridente sonido de la sirena martilleándole en los oídos. De pronto le dolía terriblemente la cabeza.
Al llegar al parque principal, donde se había cometido el crimen, Ramírez se tomó una pastilla especialmente eficaz en otros casos, pero temía que aquella noche ningún medicamento sería suficiente.
Al encontrar frente a frente el suceso, el dolor de cabeza aumentó considerablemente. Prácticamente irreconocible bajo una espesa capa de sangre, yacía Nicolás Garrido con una grotesca mueca de terror en la cara.
-No tenemos nada, absolutamente nada, que ayude a solucionar el caso –indicaba tres horas más tarde uno de sus ayudantes–. Hemos rastreado el cuerpo, los alrededores del parque… todo, pero no hay nada: ni arma homicida, ni ningún rastro fiable. Es un misterio.
El Inspector Ramírez no creía en los misterios. Para él cualquiera de esas cosas sin explicación aparente eran cosas sin estudiar a fondo. Tenía que llegar a una resolución y pronto. La noticia no había llegado a los medios de comunicación pero tal y como estaban las cosas, pronto todo el mundo se preguntaría dónde estaba el señor Garrido. 
Tras meses de investigaciones nada había cambiado. No existían sospechosos, no había pruebas. Todo parecía indicar que Nicolás Garrido había estado en el lugar y el momento equivocados.
Hasta que apareció ella.
Nadie sabía de su existencia. Su mujer mucho menos. Pero un año después del crimen apareció en la ciudad una mujer excesivamente hermosa: larga melena rubia y ensortijada, grandes ojos verdes, piel morena. Su rostro parecía cincelado por ángeles y su cuerpo por el mismísimo Lucifer, pues era la viva imagen del pecado. Se llamaba Helena, como la gran dama de Troya.
Helena aparecía en varias cartas del fallecido como una amiga de la infancia. Aquello era imposible, pues Nicolás Garrido tenía más de cincuenta años y aquella mujer no llegaba a los treinta. Había caído del cielo. El inspector se aplicó excesivamente en aquel caso hasta el punto de terminar con su delicado matrimonio.
-He sido yo –fueron las únicas palabras que pudo sonsacarle a la lasciva mujer, días después de que tratase de seducirle–. Pero ningún juez va a castigarme. Tengo mis armas, señor Ramírez.
-Inspector –gruñó malhumorado.
-Inspector –repitió Helena de Troya–. Puede perseguirme cuanto quiera, pero no me sucederá nada. Le diré lo que pasará: usted me culpará pero nunca encontrará una sola prueba. Alegaré que soy una cabeza de turco, una tirita sobre la herida aún abierta. Y usted, viéndome en libertad, no antes, morirá como él.
Apenas cuatro meses más tarde, el Inspector de policía Morales recibió una llamada en su teléfono móvil. Era medianoche. Con el sonido de la sirena acariciándole los tímpanos, llegó al parque principal del pueblo. Allí, irreconocible bajo una capa de sangre, estaba el Inspector Ramírez con el rostro desencajado en una grotesca mueca de terror.
Helena de Troya, en cambio, se había esfumado. Era libre.
Por ahora.

Nota sobre el relato: La historia arriba escrita es un esbozo de una secreta pasión, nacida tras leer varias de las novelas de la gran Agatha Christie, especialmente "Asesinato en el Orient Express", una novela que me marcó de forma indefinible. Es un coqueteo con la "novela negra", con las historias de detectives y femme fatales que ya he tratado en algún que otro artículo del blog. 

Ailasor

Quérote, pitufa :)


Y aún parece que fue ayer el día que nos conocimos... y al mismo tiempo pudiera parecer que hace años de todo aquello. Ailasor. Recuerdas que te dije que algún día, escribiré una historia en la que un personaje importante llevaría ese nombre tan "secreto" que te has regalado? Ailasor. 
Ailasor es Rosalía, mi pequeña y dulce Rosalía... 
Una compañera de clase, convertida en poco tiempo en una gran amiga. De las mejores, me atrevo a decir. Alguien especial, que hoy, Domingo, inicia una pequeña aventura isleña. Una experiencia que será nueva y que te traerá un montón de cosas buenas. Porque solo te mereces lo mejor. 
Mañana te vas, y aunque en persona ya nos hemos dicho un "hasta luego", hoy te digo aquí otro. Y si no me equivoco es la primera vez que hago esto, aquí, en mi rincón del ciber-mundo. 
Va a ser muy raro iniciar el curso y no tenerte en el aula, pero estarás bien acompañada, disfrutando de muchas cosas buenas. Espero que no te olvides nunca de este chico medio loco que te ha reservado un huequecito de corazón...
Disfruta de esta nueva etapa y nunca dejes de ser quien eres... Ailasor.

Te quiero. Mucho.

Feliz viaje.

2 de septiembre de 2011

El Secreto de los Warren - Archivos Secretos 001

Navegando en viejos discos llenos de imágenes y textos, he encontrado toda una colección de relatos inacabados, planteamientos olvidados, personajes huérfanos de historias... Es la tinta que ya he derramado pero que ha sido imposible, al menos por ahora, recogerla en un frasco de papel.
Algunos de esos textos secretos son absurdos, están mal escritos... o simplemente pertenecen al pasado más remoto, cuando la escritura no era para mí más que una válvula de escape a una realidad encorsetada y ausente.
Ahora quiero compartir con vosotros, bajo la etiqueta "Archivos Secretos", algunos de esos textos...
He aquí el primero de ellos.


PRÓLOGO de "EL SECRETO DE LOS WARREN"

Póster promocional que yo mismo
realicé al terminar de escribir la
novela.
El reloj de pared acariciaba la llegada de la medianoche. En las calles la tormenta se precipitaba sin tregua. Había llovido de forma incesante durante los últimos días, dejando el cielo totalmente encapotado. Ni rayos de sol ni noches estrelladas, tan solo nubarrones oscuros y negros. Aquella noche, en cambio, la luna llena conseguía filtrar levemente su pálida penumbra llenando las calles, los tejados, los jardines y las copas de los árboles de un resplandor extraño, cubriéndolo todo con un halo de misterio. Tras la cortina de lluvia, tras el vidrio frío, ella lo contemplaba todo.
Con sus desgastados dedos, desgarrados por el correr de los años, acariciaba la superficie de aquel cristal sucio y viejo. Desde la ventana contemplaba el agua de lluvia encharcando su jardín descuidado. Como siempre que llueve, Clemence Warren siente una melancolía que la inunda por completo. No le gusta la lluvia y nunca le ha gustado, pues le parece fría, malvada, extraña. Una señal de la proximidad de los males del mundo.
Deja caer su frente contra el cristal con cuidado, sintiendo el frío de la noche en la carne trémula. Siente el agotamiento poseyéndola, invitándola a abandonarse a su particular seducción. Apoyada contra la ventana contempla el pasar de los días y las horas. Sabía que el momento estaba cerca. Así lo había creído siempre y en aquel preciso momento no tenía motivos para creer lo contrario.
A sus sesenta y dos años, Clemence Warren se mantenía joven y despierta, con una salud envidiable. Si bien era cierto que en los últimos meses su salud se había resentido un poco, no era nada excesivamente grave. Su vida no había sido fácil y hasta cierto punto, mantenerse en tan buen estado resultaba casi milagroso. Tenía unos intensos ojos azules, que se habían aclarado por el paso de los años y por las lágrimas derramadas. Su rostro, aunque surcado por gruesas arrugas llenas de la sabiduría del tiempo y la
experiencia, era de una juventud extraña, sonrosado y luminoso, con facciones de dolor y pena, pero también rasgos de alegría y felicidad. 
Sus labios levemente palidecidos por el pasar del tiempo eran finos y mantenían una sonrisa perpetua que no obstante, permitía adivinar cierto deje de tristeza y leves notas de dolor. Clemence era una anciana adorable, sencilla. Su cabello apenas presentaba canas y aún mantenía el brillante color pajizo de su juventud. No estaba gorda ni delgada, sino regia. Tenía las carnes en su sitio, como si por su cuerpo no hubiese pasado el tiempo. No era una aburrida anciana siempre encerrada en casa haciendo calceta, sino una mujer jovial y alegre.
Bajo la tenue luz de la luna, antes de acostarse a descansar, solía mirarse al espejo. Era consciente de la benevolencia de los años y aún así en los últimos días se sentía vieja y deteriorada.
“Ya no soy aquella hermosa jovencita… Ya no siento miradas de deseo rodeándome. Los años pasan, las horas mueren…”
Apoyada contra el cristal observaba el incesante caer del agua de lluvia. La luna comenzaba a adivinarse tras los nubarrones negros. Clemence se sentía insignificante en aquel momento. Siempre que observaba la inmensidad de la noche sentía la poca importancia que tenemos en este mundo y una extraña sensación le encogía el estómago y conseguía erizarle los pelos de la nuca.
“No somos más que juguetes en manos de quienquiera que nos observa desde ahí arriba”, pensaba a menudo, cuando la melancolía le llenaba el alma de las penas y los recuerdos más amargos.
Un dolor en el pecho la había acompañado durante todo el día. Tal vez no era un dolor, tal vez era una sensación de desamparo. Sabía lo que se avecinaba, pero temía no estar preparada. ¿Realmente era el momento?
Llovía, llovía sin cesar.
Clemence Warren ha vivido mucho y muy intensamente. Ha reído y ha llorado, y ha luchado duramente por su propio bienestar y el bienestar de aquellos que la han rodeado. A sus espaldas cargaba con recuerdos difíciles y dolorosos, también alegres y hermosos. Y aunque no tenga que arrepentirse de ningún aspecto de su vida y su pasado, sí hay errores que rectificar y muchas cosas que debe enmendar. Ningún momento mejor que aquel.
Sesenta y dos largos años, y ahora el tiempo apremia. Ahora el tiempo se agota, lo presiente, sabe que es así. Las horas corren en su contra. Y eso la llena de un profundo temor.
Acaricia con cierto cariño el cristal y se deja llevar, arrastrada por los recuerdos. Con los ojos entrecerrados, suspira. Luego contempla la luna llena, que va venciendo muy poco a poco los nubarrones y se muestra en todo su esplendor, aclarada por el agua. Se la ve tan limpia, tan pura allí arriba, en el balcón de la noche…
Observando el cielo creía escuchar las suaves y delicadas notas de un piano. Las masculinas manos de un hombre acariciaban el tacto de las teclas blancas y negras mientras ella, sentada en una butaca de terciopelo rojo, se sentía relajada y feliz. Con las piernas cruzadas, tamborileaba en sus jóvenes rodillas mientras movía rítmicamente la pierna suspendida en el aire.
Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por aquellas melodías, por el agridulce sabor de los recuerdos. Recuerdos que la llevaron volando hasta aquel pequeño pueblo donde había sido infinitamente feliz. Podía aspirar el delicado aroma de varias decenas de rosas rojas, esparcidas a los pies del piano de cola y por todo el entarimado de madera oscura y brillante, impecable. El suave tacto del terciopelo, el cariñoso oleaje de aquellos sonidos divinos.
La mano de un hombre apuesto tomó su mano y ella se dejó arrastrar hasta aquel entarimado. Un tango entonaba ahora el pianista y ella se dejaba manejar, bailando con el apuesto caballero. A su cuerpo se ceñía un hermoso vestido color perla y unos carísimos zapatos blancos. Era joven, sensual. Una seductora. Bailando aquel tango, se sentía flotar.
Ya no esta apoyada contra la ventana. Ahora Clemence baila sola, con el viento como acompañante y el tintineante golpear de la lluvia en el cristal como melodía. La tenue luz de la tímida luna la rodea.
-Smith… – susurra la anciana al viento, susurra la joven al oído de su acompañante.
El apuesto caballero ceñía la estrecha cintura de aquella joven Clemence con su mano, una mano de tacto rudo y fuerte. Su respiración emanaba deseo. Su mirada recorría el inmaculado y hermoso rostro de Clemence, un rostro sin arrugas ni surcos trazados por lágrimas de dolor. Era un hombre viril, elegantemente vestido con pajarita y chaleco, con fajín de plata y chaqué. Peinado su cabello oscuro a un lado, interesante su sonrisa.   
Y Clemence bailaba. Bailaba sola, sin apuestos hombres ni talentosos pianistas. Sola en su triste soledad. Solamente la acompañaba un recuerdo frío. Bajó las manos, abrió sus ojos y de pronto se sintió desdichada. Estaba sola. Su apuesto bailarín no estaba, no había melodías de piano, ni madera oscura y brillante. No se respiraba más que la humedad y la vejez del final de los días. Solo está ella, con la lluvia y la claridad de una luna amenazante que se cierne sobre su débil cuerpo viejo, agarrotado.
   Se acercó a un espejo y comprobó que las arrugas habían regresado a su anciano
rostro. Y con ellas, el pesar de las lágrimas de desgarrado dolor. Se acarició las mejillas,
deteniéndose en las arrugas más profundas y descendiendo, alcanzó sus rugosos labios
antaño suaves y delicados. Besándose la yema de los dedos, dejó caer los brazos a
ambos lados de su cuerpo.
Entrecortada se tornó su respiración, frías como el acero se volvieron sus lágrimas. Su mano derecha acudió a reconfortar su corazón cansado. El momento llega, lo sabe. Se deja caer de rodillas. Su último pensamiento será para ella, su pequeña… Pero todavía no, debe resistir el tiempo suficiente. Debe hacerlo, debe lograrlo.
A tientas logra levantarse. La lluvia golpea con más fuerza la ventana. La luna se alza ya en lo alto, imponiéndose sobre las negras nubes de tormenta. Los ojos se le nublan, sus claros ojos azules se tornan vidriosos.
“Dios mío, apiádate de mi alma… Toda mi vida he seguido tu senda… permíteme cumplir mi voluntad una última vez… no me arrastres todavía a tu lado… todavía no…”
Sentada ante un escritorio de fornida madera de roble, garabatea aprisa en un papel en blanco. Debe terminar esa carta que había dejado a medias. Solo una vela ilumina sus palabras. Se detiene, pues el pulso le falla, apenas puede sujetar el bolígrafo. Se va, lo presiente. No sabe bien cómo, escribe el último de sus deseos. Su firma se rompe cuando su rostro golpea la madera, cayendo sobre el papel. Los vidriosos ojos bien abiertos. Sin miedo ni dolor. Solo una enorme satisfacción se adivina en su rostro.
Ahora puede volar libre. Se ha cumplido el destino. Todo ha terminado, ya no hay dolor ni miedo. Clemence Warren ha muerto con una sonrisa en los labios, pues ha cumplido su cometido, al fin sus errores podrán ser enmendados.
En la calle, ha dejado de llover. 

Nota sobre el Texto: "El Secreto de los Warren" es por el momento la novela más larga que he escrito. Casi 500 folios que narran la densa historia de una familia y un secreto que llega a la siguiente generación a modo de carta. Escrita entre los 14 y los 16 años, solo existe una copia -en papel- que contiene diversos errores tanto de estructura y redacción como de argumento. Comparto el prólog (y solo el prólogo) porque la novela y la historia me enamoraron en su momento y es una asignatura pendiente para mí el reescribir y corregir esta novela para hacerla digna. Espero que os guste... tomando en consideración que ese texto lleva intacto y sin correcciones desde hace más de diez años.